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Jesús y la Estrella de Belén

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José Ángel Canales Pineda

José Ángel Canales Pineda

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Los profetas de aquellos tiempos anunciaban el advenimiento del Mesías, por muchos siglos antes de su venida. Donde ellos difundían sus mensajes cristianos a todas las comunidades de esas épocas. Cuando el Omnipotente designó a sus protagonistas, como a María y José, que fueron los actores principales para realizar una obra eminente en honor de Dios.

Cuando la monarquía de Herodes se enteró del nacimiento de Jesús, como Rey de Reyes, que iba hacer ver a los ciegos, andar a los cojos, resucitar a los muertos y abolir la inmundicia de los pecados del hombre, para lograr una gloria de salvación eterna. Cuando María estaba en su gestación, y dentro de sus entrañas nacía un nuevo ser, por obra del Espíritu Santo. Pero un Ángel les notificó que tendrían que huir de la ciudad, porque el monarca había ordenado decapitar a todos los niños recién nacidos. María y José emigraron a otros lugares, para proteger el nacimiento del niño Jesús. Ella tuvo su alumbramiento de nuestro Redentor en un establo, lo que también le denominamos el pesebre.

En ese tiempo, la luna no los podía iluminar, porque estaba en su cuarto menguante, es decir, ya para convertirse en luna nueva. Pero por obra de Dios, el sol hizo una explosión radiactiva y magnética hacia el planeta Venus, para que este fuera el receptor y a la vez reflector de la luz solar, como en el caso de la luna. Venus se transformó en una estrella, para concederle un rayo de luz al nacimiento de Jesús.

Hay una hipótesis de los astrónomos, que con el poder de Dios todo es posible, donde el sol no podía en esa vez dirigir un rayo directo por la posición en la que estaba, y si lo hacía los incineraba a todos. Venus hizo una conversión a estrella, para iluminar a Belén y guiar a los tres Reyes Magos que iban cabalgando en el desierto con sus camellos, días y noches, contra los embates violentos de los vientos de arena. Los Magos alegres cantaban sus parabienes de Navidad, llevando incienso, mirra y oro para venerar al niño y también a sus padres. En el cielo hubo grandes alabanzas de sus Ángeles, por el nacimiento de Jesús en Belén. Pero qué paradoja: Él es nuestro Redentor, que no tuvo dónde reclinar la cabeza, sino en un humilde pesebre, cuando habemos demasiados que nacemos en una cuna de oro y los adulan como si fueran dioses.

Sin embargo, Él es el hijo de Dios: puro, dulce y amoroso, que nos dejó las puertas abiertas para ingresar al cielo. Él no fue bien recibido, sino por una cruel traición de un discípulo que le besó las mejillas para entregarlo y venderlo por 30 monedas y la ejecución de su crucifixión. A pesar de todo esto, nos dejó un legado excelente de buenas experiencias, para no confiar demasiado de la vida, donde tiene sus reveses. La crucifixión de Jesús se considera en estos apresurados tiempos como un asesinato de primer grado, por quienes lo cometieron. Y si algún día estuviesen presentes, de igual manera serían juzgados por una ley. Hay mucha razón de peso para reflexionar un poco, que no debemos de confiar de nuestra misma sombra, ni mucho más de otros, donde a veces la amistad es efímera y la compasión para el prójimo se desvanece a través de los golpes del tiempo.

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