Jóvenes con miedo

A Dennis lo asesinaron, sí. Lo ejecutaron extrajucialmente, sí. Lo asesinaron policías, sí. Habrá justicia en su caso, no. Era pandillero, no.

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La finca San Blas cobró notoriedad la madrugada del 26 de marzo de 2015. En el casco de la misma, ubicada en San José Villanueva, La Libertad, fueron encontrados ocho cuerpos en una escena donde se intentó montar un enfrentamiento entre la autoridad y supuestos pandilleros de la zona que se escondían en el lugar.

Después de varios reportes periodísticos y la investigación por parte de la Fiscalía General de la República, se estableció que lo que allí ocurrió no fue un enfrentamiento, sino una ejecución extrajudicial. Habían suficientes indicios. Allí murió Dennis, acusado de ser pandillero y de haberse enfrentado a los policías. Ninguna de esas acusaciones era verdad.

Este caso, cuya resolución se dio a conocer el viernes en la tarde, trae a colación un problema al que nuestra sociedad se enfrenta, el del abuso de poder por parte de los destinados a respetar la ley y cuidar a “los buenos”.

El juez a cargo del caso, que solo juzgaba la muerte de Dennis Hernández, un joven de 20 años, dejó en libertad a cinco miembros de la Policía, del Grupo de Reacción Policial (GRP), un grupo con entrenamiento especial y considerado élite.

En su resolución, aunque los deja libres, sí hace un punto de extenderse en su criterio. Los deja libres no porque no le crea al testigo criteriado que estuvo presente durante la ejecución. No porque crea que no dispararon y no porque crea que “matar a pandilleros está bien”. Los deja libres porque la Fiscalía no fue capaz de establecer en su acusación quién de los cinco agentes policiales disparó contra Dennis. Es decir, no logró individualizar la acusación.

Así viven nuestros jóvenes en este tiempo, tratando de sortear la amenaza constante de las pandillas, por reclutarlos, por rentearlos, por matarlos e intentando a la vez que nos los estigmaticen las autoridades por su edad, por el lugar donde viven o por su condición social. Y en ese pequeño espacio que queda entre unos y otros, nuestros jóvenes también intentan obtener oportunidades, muy escasas.

El acoso viene de ambos lados y es igualmente tormentoso. Basta hablar con los jóvenes que viven en medio de territorios controlados por pandillas, para saber cómo les cuesta sortear esta realidad. No, no todos son pandilleros, y aunque así lo fuera, la Policía no debería matarlos deliberadamente.

Para eso existen leyes y para eso están las instituciones, para juzgarlos y condenarlos.

Sino, observemos el caso de los policías, sometidos al proceso, siguiendo lo que la ley manda, sabiéndose culpables. Sin embargo, como las pruebas no fueron concluyentes, ahora gozan de libertad, gracias al sistema de justicia del país, que también —a pesar de que hubo una ejecución extrajudicial— defiende sus derechos.

Pongámonos a pensar por un momento si se trata de nuestro hijo, de nuestro sobrino, de nuestro primo. Acusado injustamente, condenado y asesinado porque alguien dijo que era pandillero, aunque nosotros supiéramos que no lo era.

Aplique esa frase famosa que reza: “Sé cuidadoso con a quién odias, puede resultar ser alguien a quien amas”.

Para rescatar el honor de Dennis y subsanar levemente el dolor de su familia, me quedo con esta frase del juez: “Dennis Hernández no era pandillero. Era una persona que trabaja en la finca San Blas... Dennis tuvo miedo de lo que estaba ocurriendo en la finca”, aseguró el juez de sentencia, Cruz Pérez.

A Dennis lo mataron cuando estaba hincado y sin poder defenderse: “Hubo un exceso, una ejecución sumaria, extralegal, arbitraria, contra Dennis Hernández y por parte de un policía del GRP”, agregó el juez.

El Estado debería indemnizar a su familia y pedir perdón.

Nuestros jóvenes deberían vivir siendo respetuosos de la ley, sí, pero no con miedo.

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