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Jugar, pero no con el amor patrio

Soy aficionada al fútbol desde muy pequeña. La primera vez que escuché hablar de la pasión del fútbol fue de mi papá, que era un fiel seguidor del FAS. Sus amigos también lo eran, así que mi padrino y demás tíos contribuyeron con ese amor hacia el fútbol. Luego, en mi breve paso por el periodismo deportivo, la visión apasionada me bajó un poco, sobre todo en lo referente a los partidos de la Liga Mayor. Sin embargo, cuando la Selecta jugaba era otra cosa, algo totalmente diferente.
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Aún recuerdo la primera vez que entré a un estadio para ver jugar a la selección mayor. El estadio estaba lleno, el murmullo de la gente, el pasto verde y la marea azul e inquieta en las gradas me cautivaron. Y esa fascinación se repitió en cada encuentro que pude ver en directo en los años siguientes. A pesar de las goleadas, de las decepciones, de los errores en cancha.

No siempre los jugadores, o el técnico, o aquellos combinados que no podían ni siquiera bajar un balón aéreo y armar una jugada, fueron de mi gusto, pero siempre opté por ver a la selección y disfrutar su juego.

La mediocridad no mata el amor patrio de alguien que se siente aficionado al fútbol y que lo vive al máximo. Lo que sí lo mata es la deshonestidad, el juego sucio, la falta de principios y valores. Yo, como aficionada, puedo disculpar que no sean altos como los alemanes, rápidos como los caribeños, ordenados como los estadounidenses. Lo que no podría disculpar es que seamos vendidos. Eso no tiene nombre y no tiene perdón de parte de alguien que se sabe aficionado y ha invertido tiempo y dinero en acompañar los dichosos procesos.

Y por respeto a esa marea de gente que acude al estadio –dentro y fuera del país– cada vez que El Salvador se viste de azul, entra a una cancha y entona, a veces hasta con lágrimas en los ojos, el himno nacional es que esta investigación sobre amaños deberían continuar su curso. Las entidades que deben velar por el fútbol (no solo por la taquilla, no solo por los patrocinios, no solo por los premios ni los salarios de los jugadores) deben tomar en serio la investigación y agarrarse de valor para actuar. Es su obligación.

No entiendo cómo no ven que el fútbol puede unificar al país, puede generar oportunidades en los jóvenes, puede servir de modelo, puede incluso, si la avaricia los mata, ser un negocio rentable. ¿Cuánta gente invierte dinero en ir al estadio, en comprar camisas, gorras, chumpas? ¿Cuánto no se invierte en patrocinio, en anuncios? Un buen equipo, limpio, comprometido, con valores y buena técnica es un negocio redondo aquí y en cualquier parte del mundo. En México, al que tanta aversión le tenemos, y para no irnos muy lejos, es un negocio que mueve millones y que mantiene industrias completas. Pero esa selección tiene recursos, semilleros y una liga competitiva.

Hacer lo correcto. De eso se trata. Si los jugadores no quieren hacerlo, que lo hagan las autoridades, no solo no es justo para el salvadoreño fiel, el aficionado, sino también para un país que ya tiene bastante de mediocres y gente sin principio. Políticos, sobre todo.

Yo prefiero mil veces que no tengamos participación en los procesos próximos, si eso me garantiza que el fútbol estará limpio y de verdad espero que haya la suficiente valentía para denunciar y actuar. Hoy por hoy, lo que puedo decir, es que no veré de igual forma (quizá ni los vea) los partidos de una selección nacional mayor. Lástima, porque “zocar” era parte del gusto.

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