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Junio es el mes en que se exaltan las figuras del Padre y del Maestro

Preservemos, pues, el poder de los símbolos, porque esa es una forma inspiradora de animar el sentido más entrañable de la vida. Y que junio se nos convierta en estos días en un caudal de inspiraciones reconfortantes, de esas que son tan necesarias para rehabilitar los mejores ejercicios de la vida en poder de sí misma.
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Por tradición de larga data, el 17 de junio se celebra el Día del Padre y el 22 de junio se celebra el Día del Maestro. Son fechas que despiertan cada año múltiples expresiones conmemorativas, pese a que la tendencia de la actualidad es a ir desdibujando tales homenajes, de seguro por efecto directo de las múltiples turbulencias que caracterizan al vivir actual, marcado por fenómenos distorsionadores como la inseguridad y el consumismo. Pero en los casos del Padre y del Maestro la fuerza irradiadora de tales figuras hace que su presencia esté siempre ahí, iluminando y tocando raigambres muy profundas del ser colectivo, aunque la complejidad crecientemente abrumadora de los tiempos demanda que tales figuras asuman una responsabilidad cada vez mayor.

En nuestro país, las tormentosas mutaciones del proceso histórico han puesto en crisis a la familia de maneras muy diversas. La guerra desintegró unidades familiares y luego vino la emigración masiva a hacer el resto. Y, por otra parte, los desajustes sociales acumulados en las décadas más recientes, sobre todo a partir de los años 60 del pasado siglo, han venido desintegrando la práctica de valores, comenzando por los que dinamizan la urbanidad, que cada día más brilla por su ausencia en nuestro ambiente, haciendo sentir que vivimos en una especie de comarca salvaje en la que cualquier cosa puede pasar sin que nadie asuma las consecuencias de sus actos. Todo esto sumado nos mantiene sobreviviendo anímicamente al día.

El tema de la familia está en el sustrato de todo lo que ocurre en cualquier sociedad, independientemente de las características que ella muestre. Y es que no hay que olvidar nunca que el espacio familiar es la escena originaria para todo ser humano. Si hay familia funcional, las posibilidades de formación básica suficiente se multiplican; si hay familia disfuncional, todos los riesgos de inhabilidad existencial se activan; y si no hay familia, el ser humano que sufre esa orfandad fundamental necesita del máximo heroísmo personal para no ser una fuerza a la deriva. Y al hablar de familia funcional nos referimos a aquella en que, de base, los padres cumplen a cabalidad sus respectivos e incanjeables roles.

Pero siendo vital su aporte para el buen ejercicio de la vida, no basta con que la familia funcione como debe ser. La escuela es el otro escenario de formación de las personas; y la sociedad en su conjunto es el tercer ámbito de la dinámica formativa. En lo que a la escuela se refiere, lo que ahí debe darse es una sintonía emocional e intelectual entre el maestro y el alumno, que en definitiva son figuras interactivas. Especialmente en los tiempos actuales, que se caracterizan por las aperturas de toda índole, la labor educativa está dejando de ser un proceso en vía única: de lo que trata en verdad es de generar dinamismos de enriquecimiento personal, que por su propia naturaleza son interactuantes. El buen maestro, como el buen padre de familia, enseña aprendiendo, y esa es la magia creadora de la intercomunicación.

En lo que corresponde a la influencia del entorno social sobre las conductas individuales hay que tener en cuenta siempre que el ambiente es un escenario insoslayable para todos los que se mueven dentro de él. Por consiguiente, todo lo que circula por el ambiente y se proyecta en él incide de manera decisiva en la forma y en el modo en que los seres humanos respectivos funcionan. Los humanos somos seres de atmósfera, y por consiguiente estamos determinados por el aire que respiramos en todos los sentidos del mismo, desde el puramente físico hasta el eminentemente anímico. Al ser así, la pertenencia más vinculante es la que se refiere al espacio de vida en todas sus expresiones.

Pero volvamos a junio, con las figuras del Padre y del Maestro como trasfondo inspirador. Junio es mes lluvioso en nuestro ambiente tropical, y en épocas pasadas siempre había por estos días un temporal que no fallaba. Hoy la atmósfera está en rebeldía, y puede ser que las aguas vengan o que no lo hagan. En todo caso, los símbolos se mantienen aunque la atmósfera haga de las suyas. Preservemos, pues, el poder de los símbolos, porque esa es una forma inspiradora de animar el sentido más entrañable de la vida. Y que junio se nos convierta en estos días en un caudal de inspiraciones reconfortantes, de esas que son tan necesarias para rehabilitar los mejores ejercicios de la vida en poder de sí misma.

Tags:

  • padre
  • maestro
  • inspiracion
  • conductas

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