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Justamente dentro de un año el relevo presidencial tendría que abrir un nuevo horizonte en nuestro país

Hoy, casi 10 años después, y luego de la mala experiencia de una alternancia tardía, hay muchas señales que apuntan a otro ciclo de alternancia. Y ello significa una gran responsabilidad para todas las fuerzas políticas, empezando por aquella que dejaría la posición preeminente y por aquella que la asumiría.
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El 1 de junio de 2019, exactamente dentro de 12 meses, se producirá el relevo presidencial que llevará desde esa fecha hasta el 30 de abril de 2024 la nueva gestión que saldrá definida de las urnas en las que la ciudadanía depositará su decisión el domingo 3 de febrero del año que viene. Visto desde la perspectiva actual, dicho relevo abre sin duda un ciclo que puede traer muchas novedades al dinamismo democratizador en el que estamos inmersos. Como es normal en el devenir democrático, cada período presidencial tiene sus propias características, pero en esta oportunidad las expectativas son mayores, porque las condiciones a las que ha llegado el proceso del país son más demandantes que nunca y la actitud ciudadana presenta exigencias de cambio remodelador que no se habían visto con tal magnitud e intensidad en ocasiones anteriores.

Aunque en el ejercicio electoral nunca hay nada escrito en piedra, los signos de la evolución sí son reveladores con anticipación, siempre que se den lecturas desapasionadas y desprejuiciadas de los mismos. Desde un poco antes de la conclusión de la guerra y hasta la fecha, el recorrido de la gestión política ha mostrado dos momentos claramente identificables con nombre y apellido: durante los 20 años comprendidos entre 1989 y 2009 el partido ARENA y sus representantes elegidos estuvieron al frente del Ejecutivo, lo cual significó, dentro del presidencialismo característico de nuestro sistema, que dicho partido tuvo la hegemonía plena de la conducción nacional por dos décadas seguidas.

Por diversas causas que sería muy conveniente desmenuzar y analizar a fondo, la alternancia política tardó en llegar, lo cual, como ha podido constatarse en la realidad misma, tuvo consecuencias muy riesgosas para las fuerzas principales en juego, que si bien no han sido reconocidas como tales en forma explícita sí pueden ser identificadas sin dificultad en el plano de los hechos. Cuando el FMLN tomó el relevo en 2009 lo hizo de una manera bastante sesgada, de seguro por las maniobras utilizadas para garantizarse un triunfo que ya era inevitable. Hoy, casi 10 años después, y luego de la mala experiencia de una alternancia tardía, hay muchas señales que apuntan a otro ciclo de alternancia. Y ello significa una gran responsabilidad para todas las fuerzas políticas, empezando por aquella que dejaría la posición preeminente y por aquella que la asumiría.

En todo caso, y cualesquiera fueren los mandatos que exprese el electorado en las urnas, lo que viene es una prueba de efectividad que no tiene alternativas. El país entero y su suerte generalizada están reclamando que la política deje de ser un espacio regido con ánimo absolutista y excluyente por intereses de sector y de grupo y pase a constituir el escenario donde todos nos podamos sentir inequívocamente representados y bien servidos, como corresponde al sano ejercicio de la lógica democrática.

En el año político que hoy inicia tendremos lo más vivo de la campaña, el evento electoral en concreto y el despliegue de las propuestas de Gobierno. Serán meses decisivos que hay que acompañar y vigilar minuto a minuto.

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