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Justicia

Los discursos y escritos en torno al tema de la justicia han sido prolíficos desde la antigüedad, pues el corazón humano inevitablemente se conmueve ante su evocación solemne e incluso poética.
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Aristóteles, en su obra Ética a Nicómaco, sostiene que la justicia es “considerada como la suma de todas las virtudes, afirmando que es la virtud completa, por cuanto refiere a otras personas, pues es más difícil ejercer la virtud con los demás que solamente consigo mismo”.

A pesar de que el concepto de la justicia es un viejo conocido, ¿con qué frecuencia hacemos una verdadero reflexión en cómo estamos viviendo esta virtud, en nuestras familias, trabajos y en nuestra sociedad? La justicia no tiene validez por sí misma sino hasta que viene de las personas que la componen, para crear ámbitos de convivencia más rectos y justos; “que cada uno de nosotros comience a ser justo con quienes nos relacionamos cada día, con quienes dependen de nosotros, y dando lo que debemos a la sociedad de la que formamos parte”.

Para entender la justicia en toda su dimensión se debe comenzar por reconocer en su totalidad el inmenso valor y la dignidad de cada individuo. Esta valoración muy a menudo se pierde entre estadísticas que nos dejan indiferentes e insensibles ante el dolor humano; “...fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística”.

La injusticia empieza a arraigar en el momento que la sociedad hace a un lado la piedad, y el respeto debido a cada vida humana, y comienza a formar una visión utilitaria donde la persona únicamente se valora por lo que tiene o produce y no lo que por esencia es.

En el momento que nos abandonamos a esta visión que nos encierra en nosotros mismos y en lo que se nos debe, y no a lo que nosotros debemos a los demás y a la sociedad, la misma empieza a enfermar y la convivencia a volverse más difícil si no imposible: “Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar”.

La evocación de la justicia debe levantar más que suspiros nostálgicos al discurrir sobre lo que debería de ser y no es; más bien debe despertar un sentido de urgencia y un compromiso sincero que desemboquen en primer lugar en el propio hogar donde se cultiva la familia que es célula y base fundamental de la sociedad. La justicia por ejemplo de los padres hacia los hijos al luchar por mantener unida la familia creando un espacio propicio para educar con amor a los futuros salvadoreños en las virtudes; y los hijos a los padres agradeciendo sus esfuerzos y empeñándose por sacar adelante los estudios y las demás tareas para ayudar en el hogar; la justicia de los patronos hacia los empleados al dar salarios justos que les permitan dar una vida digna a sus familias, y de los empleados a sus empleadores haciendo el trabajo lo mejor posible, cuidando los detalles y la calidad; la justicia en el ejercicio de las leyes y en la política en general; y así sucesivamente en todos los ámbitos de la vida de acuerdo con las circunstancias de cada persona.

Los grandes problemas que definen esta época histórica en el país requieren de los esfuerzos de cada salvadoreño para crear una sociedad más justa en la cual todos seamos capaces de convivir en paz con los demás de una manera constructiva; allanando el camino para un futuro esperanzador y de nuevas posibilidades para las futuras generaciones.

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