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LA INSTITUCIONALIDAD DEBE HACERSE CONFIABLE EN TODO SENTIDO PARA CUMPLIR SU ROL

Se debe tomar en cuenta en todo caso que la confianza se gana con dificultad 
y se pierde con facilidad, por lo que no hay que dejar de lado ningún elemento que pueda incidir tanto en la ganancia como en la pérdida.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La desconfianza es en estos tiempos una de las sensaciones prevalecientes y, con mucho, en el escenario nacional. Esto es así porque las condiciones de inseguridad, de desorden y de arbitrariedad vienen ganando espacio por todas partes, y ya no se diga en el agitado y desordenado panorama de nuestra propia realidad. Tal situación, que es completamente anormal, se ha venido volviendo tan común y cotidiana que ya se mira como algo natural, con lo cual se dificulta aún más un reposicionamiento sensato y consistente frente a la problemática que en tantos sentidos está fuera de control.

Por su parte, la institucionalidad establecida recibe también el impacto de la insatisfacción ciudadana, ya que no ha sabido responder a cabalidad a los desafíos de esta época tan cargada de errores y tan saturada de vicios. No se puede decir que sólo ha habido estancamiento, porque en verdad las señales de cambio positivo también se hacen presentes; pero la complejidad de lo que habría que hacer y no se ha hecho impide que la confianza gane terreno en la medida necesaria para que el país se mueva con celeridad y credibilidad hacia adelante. Lograr tal cometido es sin duda una prueba crucial para todas las fuerzas en juego.

La confianza no es un fenómeno programable como tal, ya que es una respuesta anímica que resulta de comportamientos y de hechos que se van dando en la realidad. Por consiguiente, ganar confianza es un proceso en el que hay que ir acumulando señales positivas y convincentes. Se debe tomar en cuenta en todo caso que la confianza se gana con dificultad y se pierde con facilidad, por lo que no hay que dejar de lado ningún elemento que pueda incidir tanto en la ganancia como en la pérdida. Y en lo que toca a la gestión pública en concreto eso adquiere aún más sensibilidad con consecuencias.

El déficit de credibilidad en lo que a las instituciones públicas se refiere es un factor que en ningún sentido debería ser tomado a la ligera, porque la democracia exige que todos sus actores se hallen suficientemente habilitados para hacerle honor al mandato que les corresponde según sus propias ubicaciones y aspiraciones; pero así como están las cosas, dicho déficit constituye uno de los más graves impedimentos para lograr que las cosas vayan cambiando para bien. En buena medida eso deriva de que los roles institucionales vienen estando muy distorsionados por los abusos del poder, que quisiera ubicarse siempre por encima de los mandatos legales y del respeto al bien común.

En estos momentos electorales se pone más en evidencia ese déficit de credibilidad institucional al que hacemos referencia, porque el tema está inevitablemente entre los que salen a la luz a cada paso. Y lo que en términos generales la ciudadanía está demandando es que las personas que llegan a desempeñar posiciones políticas o administrativas al cuerpo estatal estén no sólo debidamente calificadas en lo técnico sino suficientemente acreditadas en lo moral.

Darle fuerza y continuidad a la confianza no va a conseguirse con declaraciones de ocasión ni con promesas trilladas al respecto. Lo que habría que poner en marcha son mecanismos de verificación de las conductas, y especialmente en aquellos puntos más sensibles como son la probidad y el decoro. Todo esto hay que verlo como un ejercicio natural dentro de la democracia en funciones, y por ende no debe ser algo que se activa sólo cuando hay interés en hacerlo. Que las elecciones en marcha sean, pues, una oportunidad bien aprovechada para estos propósitos de saneamiento y de superación. Eso le vendría muy bien a la salud y a la estabilidad de todo el proceso.

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