La juventud de El Salvador…

Que nuestra juventud naufraga sin rumbo alguno, que padece de una falta de valores, que es una generación perdida, son algunos de los populares y negativos epítetos asociados con nuestros jóvenes.
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Afortunadamente, creo, –porque la evidencia así lo sugiere– que no hay nada más alejado de la realidad: nuestra juventud está vivita y coleando, luchando por contribuir y salir adelante, respetuosa y con dignos valores.

Desde noviembre del año pasado he dedicado parte de mi tiempo a visitar escuelas, colegios, parroquias, universidades, cualquier lugar donde se reúnen jóvenes, para así observar a nuestra juventud, su comportamiento –entre ellos y hacia otros; he platicado con algunos y otros, y estamos mejor, mucho mejor de lo que el sensacionalismo nos indica.

Ver decenas de jóvenes en pleno sol de verano, armando alfombras de Semana Santa en nuestros pueblos, caravanas de “misioneros” llevando la buena nueva a nuestros caseríos, cantando a todo pulmón su amor por nuestro amado y único Dios; verlos en nuestros asilos atendiendo a personas de la cuarta edad, con el cariño como si fueran sangre propia. Movimientos cristianos de jóvenes, de ejemplar comportamiento y dedicación, que constantemente reclutan para llevar a cabo la misión de nuestro señor. Estudiantes universitarios que trabajando de sol a sol dedican sus “findes” a su educación; estudiantes de maestrías que después de laborar el día completo sacan energías de donde no hay para atender sus clases, que dicho sea de paso no son ningún picnic.

Los del campo que después de la escuela asisten en las arduas tareas del campesinado. Jóvenes que adoran su querido El Salvador, sus cerros, ríos y su querida Selecta, la que siempre juega como nunca pero pierde como siempre, pero los colores mandan, y aun y cuando las vicisitudes de nuestro diario vivir los obliga a emigrar a las frígidas tierras del norte, nunca olvidan ni su gente ni su tierra ¿evidencia? Remesas y la Selecta en el norte.

Estamos hablando de miles de nuestros jóvenes, la gran mayoría, y no merecen motes como los antes mencionados. Al contrario, merecen todo nuestro apoyo y es ahora cuando mi generación debe de aceptar la responsabilidad de su fracaso, les hemos entregado una difícil situación pero nunca es tarde, debemos de aceptar nuestra obligación con ímpetu y activamente contribuir con acciones y no palabreríos de cosas tontilocas, dejar por detrás ese funesto pasado de una vez por todas, esa persistente confrontación sin fundamento alguno, sin vigencia alguna, y dedicarnos a ayudar a los cipotes, simplemente no existe obligación mayor.

Hay que proteger a los buenos, que repito, es la gran mayoría, protegerlos de las amenazas que hoy día los acechan. Como colectivo hay que desarrollar al individuo, proteger y ayudar a la familia como institución, e intervenir cuando se desintegra. Ser duro con el que se pudrió ya sin remedio; misericordioso con el que tropezó, pagó y se levantó, el hijo prodigo que con sincero arrepentimiento regresa al colectivo.

¿Y nuestro querido El Salvador? Si estos miles de jóvenes son indicadores de nuestro futuro, hay esperanza de un futuro próspero y digno. Sin embargo ese futuro no llegará por sí solo, como maná del cielo ¡No! Hay que trabajarlo, ganárselo, hay que merecerlo.

Tenemos que ser duros con nuestros funcionarios, alentar esta silenciosa revolución que estamos padeciendo, participar en esta nueva actitud de exigir, de manifestar nuestras inquietudes, de decir ¡no! a la mediocridad, al conflicto de interés, a la falta de ética, a la falta de probidad.

Todos debemos de involucrarnos, cada granito de arena cuenta, no hay esfuerzo pequeño. Dios, Unión, Libertad.

Tags:

  • juventud
  • valores
  • funcionarios
  • probidad

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