La ANEP y “sus” yerbas

Ha trascendido que en pocas semanas, la ANEP cambiará su dirigencia.
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Aun en tiempos normales, el relevo de las autoridades directamente responsables de la conducción de la cúpula empresarial invariablemente ha despertado interés, especialmente en las autoridades gubernamentales. La razón es obvia: la enorme responsabilidad depositada en ella por los miles y miles de empresarios agrupados en las distintas gremiales sectoriales lleva aparejada una delegación de poder que mayormente se expresa en sus relaciones con las instituciones del Estado. Y si ello es así, ese papel cobra mayor relevancia en momentos como los que está viviendo el país.

Paolo Lüers le dedicó un artículo muy interesante al tema (EDH 26/2/16). Su abordaje no solo me parece apropiado sino además oportuno. En este sentido adhiero totalmente su valoración de la excelente labor desarrollada por el ingeniero Jorge Daboub, en momentos extremadamente difíciles y particularmente cuando el sistema de libertades se ha puesto –y se sigue poniendo– en riesgo. Esto me lleva a reivindicar también el significado de la independencia que debe mantener la entidad, su comité ejecutivo y especialmente su presidente, del gobierno y aun de los llamados “poderes fácticos”. Este es un requisito sine qua non, para que pueda, con toda solvencia, defender los principios y valores que sustentan el quehacer de la iniciativa privada. Pero no solo eso. Debe además poner su energía creadora al servicio del desarrollo integral del país, en especial, cuando el gobierno atropella la institucionalidad democrática y conculca los derechos individuales.

Entonces, por su propia naturaleza, hay en el quehacer de la más alta instancia del sector privado organizado una especie de papel catalizador, que se sustenta en las mismas responsabilidades y funciones que le han sido delegadas. Y aunque tampoco se trata de cohabitar o distanciarse de tal o cual gobierno, siempre debe prevalecer la búsqueda de todo aquello que sirve mejor a los intereses nacionales. Por ejemplo, a partir de mi propia experiencia puedo afirmar que bajo los liderazgos del licenciado Camilo Bolaños y del ingeniero Roberto Vilanova –con quienes trabajé como director ejecutivo– la ANEP dio un giro importante, en un momento definitorio para que el país empezara a caminar por una senda distinta.

No es un tema menor, las responsabilidades que asumieron estos buenos amigos para posicionar positivamente a la entidad de cara al proceso de diálogo-negociación que condujo al Acuerdo de Paz, en circunstancias en que había en el interior del propio sector poderosas fuerzas que se oponían al mismo, así fuera para evitar que continuáramos matándonos entre hermanos. Tampoco lo es la encomiable labor desarrollada para conciliar posiciones encontradas en torno al programa económico que inició la administración Cristiani, y particularmente en lo concerniente a la política comercial. Que dicho programa no haya dado los frutos esperados en nada minimiza esa labor, porque a fin de cuentas, los responsables de ejecutarlo, por acción u omisión, fueron los que se perdieron en el camino. Pero igualmente bajo su dirección, el papel desempeñado por ANEP fue determinante para que el gobierno de turno abandonara el primer intento de dolarización y la no menos idea peregrina de hacer de El Salvador una gran zona franca.

Traigo a cuento estos pocos casos para reiterar y poner en perspectiva dos cosas. Primero, el imperativo de mantener la independencia de la entidad de cualquier interés sectorial. Segundo, sin la filosofía bajo cuyos principios se rige de libre empresa, siempre hay que estar dispuesto a conversar, flexibilizar posiciones e incluso ceder espacios, siempre que ello vaya en beneficio del bien común. Esto es mayormente válido en las relaciones con el gobierno, no para aceptar todo lo que se le antoja, y menos doblar la testuz cuando este arremete contra el sistema, tolera la corrupción o irrespeta la separación de poderes. Es más. Solo si la misma ANEP se da a respetar, conservará y consolidará sus credenciales como un bastión contra la inequidad y los excesos del poder.

Claro, esto implica coraje, solvencia y unidad, que solo pueden lograrse con un liderazgo auténtico de sus dirigentes, y no uno construido a través de posicionamientos mediáticos que manden una señal de división en la empresa privada, especialmente frente al gobierno.

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