La Ascensión del Señor

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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Rutilio Silvestri / [email protected]  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICAEl acontecimiento pascual de la Ascensión del Señor a los Cielos, que celebraremos mañana, realiza una vez más el cumplimiento de las Escrituras: así estaba escrito, y así lo había recordado muchas veces Jesús en el tiempo de su predicación: claramente había hablado de su condena, su pasión, su muerte, y de su Resurrección.

Los discípulos habían comprendido muy poco de estos anuncios que –por otra parte– no les resultaban para nada atractivos. Recordemos que tuvo que reprender a san Pedro porque se oponía a los padecimientos que iba a sufrir. Y lo reprendió muy fuertemente: “apártate de mí, Satanás...”. Por eso hoy Jesús, antes de su Ascensión al Cielo, les explica el sentido de todo lo que sucedió.

También a nosotros el Señor nos abre la inteligencia, a fin de que comprendamos que nuestras crisis, nuestras pruebas, nuestras cruces, no son una desviación o un paréntesis en nuestra vida espiritual, en nuestra vida de fe: son parte integrante de nuestro camino hacia la plenitud divina y humana que se da en el seguimiento del Resucitado y que luego culminará en el Cielo.

Los cristianos ponemos por todas partes y nos identificamos con el signo de la Cruz, suprema manifestación de Dios, en la cual sin embargo el Hijo de Dios se sintió supremamente abandonado, y en la cual también nosotros nos podemos sentir en algún momento, cuando las cosas nos cuestan un poco o un mucho más.

Y por eso Jesús les dice a sus Apóstoles: Ustedes son testigos de todo esto. Testigo es alguien que ha presenciado algo, y puede afirmarlo frente a los demás. Ser testigo implica estar presente, ver, oír, vivir una cosa. Efectivamente, habían estado con Jesús durante más de treinta años y habían presenciado sus milagros, escuchado sus palabras y presenciado toda su Pasión, muerte y resurrección.

Y en cambio –aunque aparentemente pueda parecer contradictorio– sí somos testigos nosotros, los discípulos de Jesús de todos los tiempos: porque conocemos a Cristo, su vida y su obra, el sentido de todo lo que hizo, y en la Iglesia y como Iglesia experimentamos constantemente la presencia del Señor en nuestras vidas, a veces tan lejos del Maestro y tan abocados a lo terreno.

Pero el cristiano, testigo de Cristo, no puede ni debe callar: la presencia salvadora de Cristo resucitado es una realidad de su vida de la que él debe ser testigo y difusor de su doctrina salvadora.

Pero también el mundo moderno está cansado de palabras. Ya no se cree en las palabras, sino en los testimonios. El Beato Pablo VI decía: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”.

El Evangelio pone en evidencia la actitud de los discípulos: vuelven a Jerusalén con alegría, dispuestos a llamar a otros, para que lo amen también.

Que nosotros, en el próximo Pentecostés, seamos llenos del Espíritu Santo, que suscita en los corazones de los fieles la alegría y la alabanza, para poder ser auténticos testigos del Señor y luego ir a gozarlo para siempre en el Cielo, en unión de su Madre –Nuestra Madre– y los santos.

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