La Navidad está aquí con todos sus símbolos y todas sus inspiraciones

Del pesebre a la cruz, el Hijo de Dios hace su recorrido temporal sin quebrantar en ningún instante la naturaleza de su misión, que es mostrarles a los humanos lo que significa la humanidad en su esencia más pura.
Enlace copiado
David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

Estamos este día en la víspera de la Nochebuena y un día después será Navidad. Época que nos trae a la conciencia una vibración que sigue vigente a plenitud, aunque los efectos invasores de esta era ultramodernista sigan erosionando en tantos sentidos y con tantas desmesuras los sentimientos y las vivencias tradicionales. El origen cristiano de la conmemoración navideña tiñe de luces trascendentales todo el fenómeno, que también está adornado con vibrantes emociones infantiles, ya que la imagen de los tres Reyes Magos con su inspiradora carga de regalos hace que desde muy temprano en la vida se nos ilumine la imaginación en clave de vida por recorrer. Con todo esto queremos decir que la Navidad más que una ceremonia es un mosaico en el que se juntan remembranzas, anhelos y aspiraciones.

La Navidad nos llega anualmente como la entrega anónima que viene a recordarnos un hecho que es revelador en tantos sentidos de la verdadera naturaleza del misterio humano. Para empezar, hay que poner en perspectiva la relación entre el Ser superior y los seres encarnados y personalizados. Dentro de la lógica espontánea de la Navidad se halla la voluntad divina de que los hombres se sientan en confianza con la divinidad. Y así estamos ante un Dios hecho hombre de la manera más directa y sincera que sea imaginable. Sólo basta con representarse la escenificación del Nacimiento en las condiciones en que éste se realizó para captar de inmediato que ahí hay un mensaje de cercanía verdaderamente incomparable, y que por eso mismo con tanta frecuencia pasa inadvertido.

En este mundo tan convulso, tan trepidante, tan traumático, recibir el regalo de la Navidad en vivo es tener a la mano un farol de armonía que debería servirnos para iluminar a diario las estancias de cada existencia. Dios nos da la lección de humildad perfecta, sin dobleces de ninguna índole. Del pesebre a la cruz, el Hijo de Dios hace su recorrido temporal sin quebrantar en ningún instante la naturaleza de su misión, que es mostrarles a los humanos lo que significa la humanidad en su esencia más pura. Somos a la vez seres frágiles y seres indestructibles. Estamos inmersos en la transitoriedad pero con el imán de la eternidad entre las sienes. Caminamos siempre por rutas inseguras y por veredas peligrosas, pero ahí al frente hay un destino que tiene todas las características de un jardín natural.

Aunque en estos días proliferan las celebraciones, los compromisos sociales y los viajes de ocasión, habría que dejarle algún espacio al recogimiento individual y familiar, para poder gozar con propósito anímicamente nutritivo del mensaje que la Navidad nos trae. Hay que entender que la aparente ingenuidad de las imágenes navideñas sólo es el envoltorio en papel brillante de una verdad profunda que suelta múltiples invocaciones y evocaciones en el plano del espíritu. Nadie debería perderse esta oportunidad de reencontrarse con los motivos de la esperanza, que son los que más le sirven al ser humano para impregnar la vida de fragancias superiores. La Navidad, entonces, es a la vez un recordatorio de luz y un reservorio de armonía. Es por eso que cada quien vive la Navidad a su manera, como diría Frank Sinatra.

Para mí, en testimonio muy personal, la Navidad tiene un irreprimible aroma campesino. Todas las navidades de mi infancia y de mi adolescencia las viví entre las colinas pobladas de vegetación, frente a los cerros esbeltos y apacibles, junto a la línea del ferrocarril y a los arbustos floridos del jardín familiar. Nada podrá borrarme esos recuerdos, y por consiguiente nada me hará desprenderme de tales emociones. Había cena navideña a las seis de la tarde y a las doce de la noche. Tamales y pavo. Ninguna cohetería alteraba la paz del ambiente. Era como estar en pacífica espera del milagro repetido, que cada vez era único. A las doce de la noche el silencio se volvía vibración. Los saludos entre amigos se animaban con el vino de las copas. Nosotros, los niños, nos íbamos a dormir para que Santa Claus se hiciera presente.

Hermoso momento, entonces y a lo largo de la vida. La Navidad nos envuelve con su efluvio, nos demos cuenta o no. Hay que aprovechar el instante, y eso se va haciendo aún más necesario en la medida de transcurre la vida. Que esta Navidad, pues, nos encuentre dispuestos a recoger la ilusión de estar aquí, como depositarios de una verdad que nos convierte en partícipes naturales del milagro. El milagro de ser, el milagro de estar, el milagro de compartir. Porque la Navidad es un convivio, en un palacio o en una choza.

Lee también

Comentarios

Newsletter