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La Navidad está aquí, y sus efluvios traen imágenes y resonancias que brotan de lo más hondo del ser de cada quien

Navidad es sinónimo de Nacimiento, y basta ese íntimo parentesco para ponernos a la mano una copa del vino más espiritual.

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David Escobar Galindo

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La Navidad es sin duda la fecha del año más impregnada de luz esperanzadora, porque en ella se juntan anualmente la evocación entrañable del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y la elocuencia familiar y amistosa en su expresión más espontánea. Y la principal expresión de todos estos aconteceres en fase rememorativa es y seguirá siendo la iluminación de todo nuestro ser interior, lo que tiende a volvernos especialmente sensibles a la fusión de lo cotidiano con lo trascendental. Este, pues, es un momento en el que nuestras energías intelectuales y morales buscan salir al aire, en busca de senderos.

Nos hallamos inmersos en una dinámica de cambio que abarca prácticamente todos los ámbitos de la vida, y eso conecta de modo directo con lo que se ha dado en llamar globalización, que es en verdad el descubrimiento consciente de que los seres humanos, más allá de cualquier diferencia preestablecida y por encima de toda caracterización tradicional, somos los habitantes de un hogar común, que nunca hemos reconocido como tal, y que hoy las aperturas globalizadoras nos están mostrando de muy diversas maneras y por muy variadas vías.

Las vísperas, del tipo que fueren, siempre parecen invitar a la identificación posible de los hechos que vienen sobre la base del acercamiento sentimental a lo que ya es historia vivida. Y es que cuando estamos en vísperas parece que todas las ventanas –tanto imaginativas como perceptivas– están más a nuestra disposición, y eso hace que el ánimo se disponga a ejercer su función de reconocimiento natural. En el caso de la Navidad, todo es aún más elocuente, y así hay que recibirlo y procesarlo. Navidad es sinónimo de Nacimiento, y basta ese íntimo parentesco para ponernos a la mano una copa del vino más espiritual.

Yo, cuando me acerco a la Navidad, tengo siempre a la vista una imagen familiar imborrable: la de mi abuela Lilliam, con quien pasé buena parte de mi niñez y de mi adolescencia. Cuando ella vino de Albuquerque, Nuevo México, a Sonsonate, con su padre, un alemán llamado Richard Pohl, a recoger la herencia del tío que era ingeniero en el área de ferrocarriles, fue recibida en casa de don Patricio Brannon, en Armenia, que era el padre de Carmen Brannon, Claudia Lars.

Así se refiere Claudia a ella en su libro "Tierra de Infancia": "Era una joven delgada y pensativa, con tranquilos ojos claros y pelo color de paja. Para su edad había leído mucho, y estaba decidida a no quedarse al margen de los acontecimientos del mundo porque el destino la condenaba a permanecer –no sabía por cuanto tiempo– en un pueblecito del istmo centroamericano./ Todavía recuerdo aquel dulce canto que Lilian me enseñó una noche, entregándome cada palabra de él con sumo cuidado, a fin de que yo aprendiera a pronunciarlas perfectamente: In the shade of an old apple tree... Y también repito en la memoria el otro que cantábamos las dos, con voces armonizadas, a la orilla de los cañaverales que se balanceaban en la brisa de la tarde: Old man river..."

Y al leer por primera vez esas palabras de exquisita y sencilla elocuencia se me hizo presente, con emoción revivida, que las mismas canciones me las enseñaba mi abuela Lilliam en mi más remota infancia. ¡Qué enlace de sensaciones más profundo y entrañable! Aquí, de pronto, tengo a mi lado esas dos figuras que acabo de evocar: Lilliam y Claudia, tan vinculadas a mi destino por distintas vías existenciales y de diferentes maneras testimoniales.

Los años pasan y la vida transcurre, pero la frescura animadora que es propia de la Navidad se mantiene intacta, aun en una atmósfera tan llena de revuelos y de convulsiones como es la actual en todas partes. Que cada quien, pues, se anime a redescubrir su propia Navidad, con las figuras y los destellos que le correspondan; y esa será la mejor forma de tomar impulso animador hacia los días y los meses que vienen. Arrodillémonos ante el mismo pesebre donde un Niño abre sus ojos a la vida. Pongámonos a la par de la mula y el buey que siguen haciendo guardia. Por las colinas cercanas vienen bajando los rebaños. Y la Estrella lo vigila todo, como el fulgor celestial que la caracteriza para siempre. ¡Viva la Navidad, que canta con los mejores murmullos naturales y se arropa con las más dulces colchas campesinas!

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  • David Escobar Galindo

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