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La Navidad tendría que abrir las mentes y los corazones hacia una nueva forma de ver la vida en todos sus sentidos

Hay que revitalizar lo humano, posibilitando así que nuestro desenvolvimiento en el tiempo sea también un ejercicio de conciencia colectivamente asumida.

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Estamos en las vísperas inmediatas de un nuevo 24 de diciembre, que es la celebración más inspiradora dentro del calendario de la Cristiandad, porque es la fecha en la que se recuerda anualmente el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. La ocasión siempre es propicia para hacer introspecciones esclarecedoras e iluminadoras de nuestra condición humana esencial, trayendo a la luz valores y principios fundamentales de la condición humana, como la fe, el amor, la solidaridad, la esperanza y el respeto, que tienen que estar siempre en vigencia para que la experiencia de vivir y de convivir pueda superar todos los riesgos y los desafíos que salen al paso a cada instante.

Estamos plenamente conscientes de que las características del mundo actual son constantemente atentatorias contra lo que debe ser una vida espiritualmente sana y constructiva, tanto en lo personal como en lo social; y por ello tendría que haber un esfuerzo constante en la línea de abrirle espacios a la espiritualidad bien entendida, que debe estar presente en todos los espacios de la cotidianidad, para que eso le sirva de soporte básico a la convivencia pacífica, sin la cual todo lo demás queda expuesto a las contingencias más depredadoras, como lo tenemos a la vista en todas partes, y más aún dentro de las expansiones progresivas que genera la globalización en marcha indetenible.

Los salvadoreños venimos de vivenciar pruebas históricas de alta intensidad y seguimos experimentando condiciones nacionales sumamente desafiantes en prácticamente todos los ámbitos y niveles de nuestro devenir, y eso nos reta de manera constante en el día a día, haciendo que nos dediquemos casi exclusivamente a encarar problemas inmediatos, para los cuales aún no se activan soluciones que tengan capacidad de ser permanentes. Esto nos ha ido alejando de nuestra más profunda realidad, haciendo que las más variadas superficialidades impongan sus visiones limitadas e insuficientes. Todos los signos apuntan hoy a que hay que tomar el control de nuestra dinámica evolutiva, para ponerla en línea con nuestras verdaderas necesidades como colectividad que necesita construir destino.

Esta Navidad de 2019 nos encuentra abocados a una nueva etapa en la que de seguro se tendrán que habilitar cambios de fondo en prácticamente todas las áreas de la realidad nacional. Esto es, en sí, un reto de gran envergadura histórica, porque implica no sólo hacer giros de dirección sino también, y predominantemente, reajustes de actitudes y de procederes en prácticamente todos los campos de la dinámica nacional. Los salvadoreños tenemos que estar preparados, anímica y espiritualmente, para encarar dichas tareas, que son mucho más que puntos de una agenda política. Hay que hacer acopio en el ambiente de todos los insumos internos y externos que se requieren para que podamos salir de veras adelante.

Detengámonos, pues, siquiera un momento para ver al país y a su sociedad hacia adentro, y así reavivar la conciencia de lo que somos y de lo que queremos ser, para que no sigamos actuando, en ningún sentido, como figuras mecánicas en un juego de los que ahora se estilan. Hay que revitalizar lo humano, posibilitando así que nuestro desenvolvimiento en el tiempo sea también un ejercicio de conciencia colectivamente asumida.

La Navidad, por todo ello, más que una fecha en el calendario es una atmósfera en el espíritu. Dejemos que haga su labor vitalizadora de nuestras energías fundamentales, para que salgamos de estos días más dispuestos a reconocer nuestra condición humana compartida de principio a fin. La misma realidad nos lo está demandando con apremio y sin alternativas.

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