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La ONU y nuestro micro mundo

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Por razones entendibles, el discurso más esperado durante la Asamblea General de las Naciones Unidas es el del presidente de la potencia más poderosa del mundo. Pero en esta ocasión, las expectativas en torno al mensaje del inquilino de la Casa Blanca estaban marcadas por la sensación casi generalizada de que los siete discursos más polémicos en la historia de la ONU –entre los que destacan los aderezados por el zapatazo de Jruschov en 1960 y el “huele a azufre” de Chávez en 2006– serían recordados como simples arengas en un mitin pueblerino, después del opus magister de don Donald. Y así fue. Allí globalizó y selló su ya reconocida vocación belicista y xenofóbica desenfrenada y remarcó su desprecio por todo lo que ha hecho grande a la Unión Americana...

Dejando de lado su conocimiento sobre geografía, el señor Trump, durante su primera comparecencia ante el organismo que tiene como responsabilidad principal velar por la paz mundial, nos ha traído a la memoria la versión que recoge Chomsky en una de sus últimas obras (¿Quién Domina el Mundo?) sobre la teoría del “Reloj del Apocalipsis”. Este nos recuerda que en enero de 2015 el Bulletin of the Atomic Scientists lo adelantó y lo puso a tres minutos de la catástrofe “invocando las dos principales amenazas a la supervivencia: armas nucleares y cambio climático descontrolado”. Pues estas dos amenazas, una pronunciada abiertamente por los problemas de su país con Corea del Norte y la otra, ignorada probablemente deliberadamente para no exhibirse ante la mayoría de representantes de los países suscriptores del Acuerdo de París, dejaron la sensación de que la hecatombe mundial está cerca. Lo paradójico es que hasta el mismo papa Francisco ha dicho que esta ya comenzó.

En el caso coreano las razones parecerían estar de su parte, no así en el venezolano, que a pesar de la destrucción que ha causado el chavismo, los desplantes de Maduro ante propios y extraños y el rechazo que causa lo que un amigo condescendiente llamaría “democratura”, nuestros países no aceptan una intervención al estilo antiguo, aunque caigan en el error de creer que el déspota cederá ante el llamado de los demócratas.

Es en este marco que el presidente salvadoreño hizo nuevamente de equilibrista. Por razones inobjetables, tenía que pronunciarse contra la proliferación de armas de destrucción masiva, a favor de medidas que atenúen los efectos del cambio climático y el calentamiento global, su solidaridad con los países y seres humanos afectados por los eventos naturales de las últimas semanas. Y, desde luego, pedir comprensión para solucionar el problema migratorio de nuestros compatriotas. Hasta aquí todo bien. Pero igual, no podía dejar de presentarse una vez más como un defensor confeso del régimen chavista, ni del ya vetusto pero activo gobierno cubano en la represión de la gente que reclama libertad y democracia. Ambos con prácticas nefastas de intervención facilitadas por gobiernos como el actual, muy poroso a consignas contrarias a nuestra forma de vida, mientras con su mansedumbre tolera todas las atrocidades que cometen aquellos.

La reivindicación de logros inexistentes fue una vez más la tónica del discurso del profesor Sánchez Cerén. Desafortunadamente, en estos foros no caben menciones a males que aquejan a los países, aun cuando se tenga una alta cuota de responsabilidad en los mismos. ¿Cómo aceptar, para el caso, el drama en que vivimos los salvadoreños, por la pobreza extrema, la situación económica, la corrupción generalizada, la escalada delincuencial y la penetración del crimen en entidades públicas? Y menos, que estamos a punto de caer en bancarrota, a las puertas de una crisis política deliberadamente provocada, mientras nuestra institucionalidad es socavada desde los altos centros de poder. De esto y más no se hace cargo el gobierno, pero constantemente está invitando al diálogo, solo que a su propia conveniencia y medida, como es el caso de las pensiones. Para agravar la situación tenemos una oposición sin cabeza política. Esto hace pensar a nuestros dirigentes que vivimos en el mejor de los mundos.

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