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La Patria es mucho más que una imagen reverenciable, y tenemos que reconocerla hasta en los más sencillos hechos cotidianos

Estamos hoy ante una perspectiva global que hasta hace poco nos era inimaginable, y tal proyección vital debe hacernos dimensionar lo que somos y lo que podemos ser con expansiones prácticamente ilimitadas.

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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Estamos en septiembre, que es en El Salvador el Mes de la Patria, porque el día 15 se conmemora la independencia centroamericana, que dejó atrás el dominio español para abrirles a los países de nuestra zona los horizontes de una vida propia, sin estar atados a ninguna potencia externa. Por tradición natural, septiembre tiene sus propias iluminaciones memorables, y ahora éstas tendrán que ir incrementándose en la medida que se acerca un acontecimiento cronológico e histórico de alto relieve, como es la conclusión del segundo centenario desde el 15 de septiembre de 1821 y el inicio de la tercera centuria de ahí en adelante. Los ciclos de la vida nacional son siempre catálogos de enseñanzas en movimiento, que se van encadenando en el tiempo, al ritmo del calendario. Una versión identificable de tales ciclos es lo que llamamos historia, que nunca podría ser exhaustiva pero que siempre es un instrumento muy servicial para entender lo que hemos sido en el curso del devenir. Ahí está la voz de lo ocurrido, hablándonos constantemente.

El sentimiento de pertenencia es lo que nos da la seguridad básica de que somos parte de una comunidad de destino, aunque casi nunca lo dimensionemos en esa latitud existencial. El Salvador es nuestra cuna, nuestro hogar, nuestro horizonte; y aquí tenemos que ponernos en actitud de proyectar nuestra vida, minuto a minuto. Estamos hoy ante una perspectiva global que hasta hace poco nos era inimaginable, y tal proyección vital debe hacernos dimensionar lo que somos y lo que podemos ser con expansiones prácticamente ilimitadas. Dejemos, entonces, de rendirle tributo a un pasado que nos mantuvo encerrados en las cápsulas de su obsesión repetitiva, y vamos con todo hacia un futuro en el que sea posible reconocernos como sujetos del nuevo devenir, que, por todas las señales visibles, se mueve ya a nuestro alrededor. Y ahí, sin duda, está la clave de lo que pueda venir de aquí en adelante.

La Patria, aunque no lo veamos así, se halla presente en todos y en cada uno de nuestros movimientos vitales. Y al estar despojados del sentimiento de Patria nosotros mismos nos privamos del más valioso de los arraigos. Es hora, entonces, de recomponer la relación vital con nuestros vínculos más profundos, y eso requiere ponernos en actitud de recomposición anímica, de tal manera que nos reconozcamos espontáneamente como pertenecientes a una tierra y a una historia, con todos los beneficios y todas las responsabilidades que eso trae consigo. La pertenencia siempre implica compromisos, y los compromisos siempre acarrean responsabilidades. Y cuando la Patria se asume como un vínculo de familia natural, los compromisos y las responsabilidades a la vez son demandantes y gratificantes.

Como todo lo que significa formación y educación, los valores patrióticos anidan y toman cuerpo en la familia y en la escuela, y desde ahí se van proyectando hacia todos los espacios de la sociedad. En nuestro país, el hecho de que tales valores se hallen tan debilitados y desvalorizados es una muestra patente de que ni la familia ni la sociedad han venido haciendo lo que les corresponde en esta expresión tan decisiva del ser social. Por consiguiente, una de las tareas vitales para que El Salvador se autorreconozca como tal se centra en la recuperación activa de dichos valores, de cuya vitalidad restauradora e inspiradora depende que todos los procesos nacionales vayan saliendo de veras adelante.

Los salvadoreños tendríamos que irnos convirtiendo en agentes promotores de identidad patriótica, no sólo en beneficio directo de la nación, sino también en provecho de todos y cada uno de los integrantes de esta entidad nacional a la que pertenecemos. Por esa vía nos reencontraremos creativamente no sólo con los símbolos de nuestro pasado sino también con los desafíos de nuestro presente y con los horizontes de nuestro futuro. Y es que la Patria, por su condición de núcleo irradiador de vida y de destino, es una encarnación unitaria del tiempo vivido y del tiempo por vivir.

Este 15 de septiembre nos encuentra en un momento transicional de connotaciones muy especiales, en el que los salvadoreños no sólo estamos ante la toma de decisiones cruciales en lo político sino frente a apremiantes urgencias de tratamiento eficaz de nuestros principales problemas en todos los otros órdenes. Al ser así, los salvadoreños necesitamos hacer uso inmediato de nuestros mejores instrumentos anímicos, y el sentimiento de Patria es sin ninguna duda uno de los más determinantes.

Ilustración de Moris Aldana

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  • Mes de la Patria
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