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La Política y la Ética

Uno de estos días, debí hablar con dos grupos de universitarios: con el primero me reuní para conversar sobre la mente criminal y por qué algunos individuos llegaban a convertirse en asesinos o en malvados; con el segundo, hablé de la ética en la política. A eso quiero referirme hoy.
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Aristóteles decía, sobre las formas de gobierno, que hay tres maneras naturales de gobernar y tres aberraciones; las primeras son la monarquía, la aristocracia y la democracia, cuando el rey, una minoría o una mayoría gobiernan para el conjunto. En cambio se pervierten cuando hay tiranía, oligarquía o demagogia, gobernando para sí mismos.

Desde mi perspectiva, el Ser Humano es esencialmente libre; y como tal es responsable de sus actos. Nuestras elecciones dan como resultado quiénes somos; definen en una palabra nuestro carácter y nuestra conducta; y esta se relaciona con lo que podríamos llamar la conciencia moral; y tanto esta, como el derecho y los usos sociales, forman parte de un todo mayor que es la ética.

Por tanto, hablar de ética es hablar del bien y del mal y de ser congruente entre lo que se piensa y lo que se actúa. “Nunca se roba algo, se le roba a alguien”. La moral hace referencia a aquellas pautas en donde es el individuo quien se las autoimpone, no como obligación sino como necesidad; a diferencia del derecho que emana de un órgano competente y constituye una imposición de la autoridad normativa sobre la voluntad del sujeto. Los usos sociales, en cambio, recogen comportamientos deseables y aprobados por una comunidad; y buscan la plenitud; pero para alcanzarla, es necesario vivir en sociedad. Es por ello que el hombre necesita de la política, pues nada es pleno si no se comparte y comunica con los demás.

La política es el proceso de tomar decisiones que se aplican a todos los miembros de un grupo; y de ahí que sea deber de todo Estado democrático promover el bienestar general; para ello es necesaria la presencia de un Gobierno capaz de generar este equilibrio, sin que se elimine la responsabilidad de las personas, y que no se las convierta en dependientes; pero que tampoco se trate de un Estado ausente que deje a la suerte de sus habitantes, los problemas sociales. El Gobierno debe intervenir para asegurar el mínimo de bienestar para todos, sin populismo; porque si esto ocurre, el poder político se desnaturaliza y entonces se corrompe.

Los factores que conducen al proceder éticamente negativo son el economicismo, cuando el dinero ocupa un lugar preferencial en la escala de valores de una sociedad; la tentación del poder absoluto y la pérdida de un orden político.

El poder absoluto corrompe absolutamente, decía Lord Acton; y alguien carente de una sensibilidad moral excepcional puede sucumbir frente a la tentación extraordinaria que surge de las inmensas posibilidades del poder, a menos que se la limite y se la controle. Es fácilmente entendible entonces que los factores de desnaturalización del Estado tienen su fundamento en una conducta éticamente negativa: en la deshonestidad, en la mentira, en la intolerancia, en la impunidad y en la falta de controles, que es al fin y al cabo lo que permite todo lo anterior.

La pérdida del camino ético en la política es culpa de una clase que ha hecho de la ambición desmedida y del ánimo de enriquecerse el único interés de participar en la cosa pública; pero desafortunadamente también es el reflejo de una sociedad que lo ha permitido. La falta de ética en todos los ámbitos es un problema de fondo; tenemos que tomar conciencia que somos muchos los actores que deberíamos participar por un ideal común: el de sacar adelante con honestidad y decencia a nuestro país, expulsando del Gobierno a los corruptos y a los incapaces.
 

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