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La Presentación del Señor

El 2 de febrero, la Iglesia Universal celebra la fiesta de La Presentación del Niño Jesús en el Templo. A esta fiesta también se le llama de La Candelaria, por el simbolismo de las candelas con la luz: el Señor es la luz para alumbrar a las naciones.

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Rutilio Silvestri

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Cuando los padres de Jesús llevaron al Niño para cumplir las prescripciones de la ley, Simeón «conducido por el Espíritu» toma al Niño en brazos y comienza un canto de bendición y alabanza: «Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel».

Simeón no solo pudo ver, también tuvo el privilegio de abrazar la esperanza anhelada, y eso lo hace exultar de alegría. Su corazón se alegra porque Dios habita en medio de su pueblo; lo siente carne de su carne. Y él exclama: ahora Señor ya puedes llevarte a este tu siervo, porque mis ojos han visto al Salvador.

La liturgia de la fiesta nos dice que con ese rito, a los 40 días de nacer, el Señor «fue presentado en el templo para cumplir la ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente». El encuentro de Dios con su pueblo despierta la alegría y renueva la esperanza.

El canto de Simeón es el canto del hombre creyente que, al final de sus días, es capaz de afirmar: Es cierto, la esperanza en Dios nunca decepciona. Él no defrauda. Simeón y Ana, en la vejez, son capaces de una nueva fecundidad, y lo testimonian cantando: la vida vale la pena vivirla con esperanza porque el Señor mantiene su promesa.

Será, más tarde, el mismo Jesús quien explicará esta promesa en la Sinagoga de Nazaret: los enfermos, los detenidos, los que están solos, los pobres, los ancianos, los pecadores también son invitados a entonar el mismo canto de esperanza. Jesús está con ellos, él está con nosotros.

Lo que despertó el canto de Simeón fue la esperanza, esa esperanza que los sostenía en la ancianidad. Esa esperanza se vio recompensada en el encuentro con Jesús. Cuando María pone en brazos de Simeón al Hijo de la Promesa, el anciano empieza a cantar sus sueños. Cuando pone a Jesús en medio de su pueblo, este encuentra la alegría.

Poner a Jesús en medio de su pueblo es tener un corazón contemplativo, capaz de discernir cómo Dios va caminando por las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, en nuestros barrios.

Poner a Jesús en medio de su pueblo es asumir y querer ayudar a cargar la cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jesús en las llagas del mundo, que está herido y anhela, y pide resucitar.

¡Ponernos con Jesús en medio de su pueblo! No como voluntaristas de la fe, sino como hombres y mujeres que somos continuamente perdonados, hombres y mujeres ungidos en el bautismo para compartir esa unción y el consuelo de Dios con los demás.

Acudamos a la Madre de Dios, que es también nuestra Madre, para pedirle ayuda para que sepamos poner a Jesús en la cumbre de todas las actividades humanas, por medio de nuestro trabajo ordinario.

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Tags:

  • Presentación del Niño Jesús
  • Simeón
  • esperanza
  • promesa

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