La Semana Mayor: reflexiones y pensamientos

Hace unos días escuchaba a un grupo de señoras católicas expresar diferentes opiniones sobre la inminente beatificación de Monseñor Romero ¿se merece tan gran honor? Se preguntaban. El principal argumento era que en sus primeros años él fue servil a la oligarquía, falto de humildad y arrogante.
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Asumiendo la veracidad de los argumentos y la evidencia sugiere que así fue, esto nos lleva al misterio de San Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.

Qué enorme responsabilidad depositó el Señor en un pobre pescador, falto de estudios; de débil fe “Señor, si eres tú mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Él le dijo: Ven. Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?; impulsivo “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha”; altanero y falto de humildad, por encima de los demás “Aunque todos te abandonen, yo no”; traidor “Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: “Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces”. Débil y cobarde “50 días después de la resurrección, los apóstoles están reunidos en el Cenáculo de Jerusalén… Es aquí donde después de la muerte de Jesús, los apóstoles se esconden “por miedo a los judíos”.

Después de Pentecostés la fe de Pedro no volvió a flaquear y se dedicó a propagar las enseñanzas de nuestro Señor hasta su propia crucifixión. Qué bien escogió el Señor, mas de 2,000 años han pasado y nuestra Santa Iglesia en pie, a pesar de nosotros los creyentes.

El milagro no está en el martirio, el milagro está en esa divina metamorfosis concedida al cristiano por la voluntad de Dios y aceptada por este a sabiendas del enorme riesgo que conlleva.

Hace unos días, por compromisos familiares, puse pie por vez primera en un templo evangélico: el templo frugal y austero, un auditorio más; el sermón, algo así como una ponencia histórica sobre un pueblo y su Dios, con interpretaciones propias del vaivén del discurso; música adaptada del sur de Estados Unidos; y exclamaciones de los feligreses aquí y allá; francamente no sentí indicio alguno de fe o espiritualidad.

A un punto medio de la celebración presté atención a los feligreses y me embargó un profundo sentimiento de cariño hacia mi familia allí presente y hacia los demás por ser salvadoreños, y un profundo respeto y admiración sentí hacia mis hermanos evangélicos por la devoción a sus creencias, a su fe.

También me sentí particularmente bendecido en ese momento por tan nobles sentimientos y recé, en la mejor tradición Marista –Salesiana, un Padre Nuestro y tres Ave Marías.

Cada quien escoge la manera de honrar a nuestro Dios, pero el camino se marca con los hechos cristianos de la vida diaria: el amor al prójimo. Qué difícil es ser cristiano, pero hay que seguir tratando ¡Bendiciones mil!

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