La Virgen María nos enseña qué es la fe

Estamos en mayo, el mes de las flores; un mes que alegra la naturaleza con su belleza. Pero también es un mes dedicado a Santa María, la Madre de Jesús y nuestra Madre del Cielo.
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“Hoy quisiera mirar a María como imagen y modelo de la Iglesia. María como modelo de fe, de caridad y de unión con Cristo”, decía el papa Francisco en una de sus homilías.

Quién era la Virgen María: una muchacha judía, que esperaba con todo el corazón la redención de su pueblo. Pero en aquel corazón joven de Israel había un secreto que ni ella misma conocía: en el diseño de amor de Dios estaba destinada a convertirse en la Madre del Redentor.

En la Anunciación, el Mensajero de Dios la llama “llena de gracia” y le revela este proyecto. María responde “sí” y desde este momento la fe de María recibe una luz nueva: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que de ella ha tomado la carne y en la que se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel y, en este sentido, es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, encarnación del amor infinito de Dios.

En la sencillez de las miles de ocupaciones y preocupaciones cotidianas de todas las madres, como proveer la comida, el vestido, la atención de la casa... En esta existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desenvolvió una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su Hijo.

El “sí” de María, ya perfecto desde el principio, creció hasta llegar a la hora de la Cruz. Allí su maternidad se amplió abrazándonos a cada uno de nosotros, nuestra vida, para guiarnos hacia su Hijo. María vivió siempre inmersa en el misterio de Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando todas las cosas en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para comprender y poner en práctica toda la voluntad de Dios.

Y su disponibilidad frente a su pariente Isabel. Visitándola, la Virgen María no le llevó ninguna ayuda material, pero le ha llevado a Jesús, que ya vivía en su seno. Llevar a Jesús a esa casa quería decir llevar la alegría, la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban felices por un embarazo que parecía imposible a su edad, pero es la joven María la que les lleva a la alegría plena, la que viene de Jesús y del Espíritu Santo y se expresa en la caridad gratuita, en el compartir, en el ayudarse y en el comprenderse.

La Virgen quiere traernos a nosotros, a todos, el gran regalo que es Jesús: y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría, la caridad de Cristo que transforma a los hombres y las mujeres y renueva el mundo.

La vida de la Virgen Santa fue la vida de una mujer de su pueblo: rezaba, trabajaba, iba a la sinagoga... Pero toda acción se realizaba siempre en unión perfecta con Jesús. Esta unión alcanza el culmen en el Calvario: aquí María se une a su Hijo en el martirio del corazón y en la oferta de la vida al Padre para la salvación de la humanidad. La Virgen hizo proprio el dolor del Hijo y aceptó con él la voluntad del Padre.

Acudamos a Nuestra Madre del Cielo para pedirle por nosotros y por los nuestros: que nos alcance el Cielo.
 

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