La actitud ciudadana va haciéndose más congruente con la lógica democrática

Si bien la moderación es un avance en el plano de la administración de las ideas y de las iniciativas y proyectos que surgen de ellas, no hay que confundir la moderación con la indiferencia y mucho menos con el desencanto.
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Lo que los salvadoreños venimos experimentando desde inicios de la octava década del pasado siglo, al instalarse la democratización por primera vez de manera definitiva en nuestro ambiente, y muy en especial a partir de la conclusión política de la guerra interna en 1992, es un ejercicio consecutivo de adaptación social e institucional a los principios y reglas fundamentales de la democracia en acción. Se trata de una dinámica que por su propia naturaleza muestra múltiples complejidades, sobre todo cuando, como es nuestro caso nacional, no se tiene experiencia acumulada al respecto a lo largo del tiempo. En esta dinámica de aprendizaje lo que resalta en primer término es el contraste entre la actitud ciudadana y la actitud de las fuerzas políticas. La ciudadanía ha ido asimilando con mucha disciplina histórica la responsabilidad que le corresponde en el proceso, y en cambio los actores políticos están aún bastante lejos de cumplir responsablemente con su rol.

En la más reciente encuesta de LPG DATOS hay una revelación que es muy significativa sobre los perfiles de pensamiento político que se presentan en el ámbito ciudadano; y las cifras resultantes hablan por sí mismas: al preguntársele a los ciudadanos encuestados su identidad ideológica, el 18.9% opta por la derecha moderada, el 4.5% por el centro derecha, el 3.9% por la derecha extrema; el 7.0% se decanta hacia el centro; el 10.6% por la izquierda moderada, el 2.7% por el centro izquierda, el 1.0% por la izquierda extrema; y un amplio 41.8% se declara neutral, es decir que no asume identidad de derecha, de izquierda o de centro; y hay un 9.7% que no se pronuncia.

Este nuevo esquema de seguro tiene en su base una serie de causas acumuladas, porque es claro que los partidos existentes, que vienen en gran medida de las posiciones ideológicas que se hicieron sentir con fuerza en la época del conflicto armado, están hoy cada vez más cuestionados por el sentir ciudadano, y además va quedando en creciente evidencia que las ideologías como tales no son las que resuelven problemas, y esto último es lo que la ciudadanía quiere y espera.

Hay aquí un riesgo que en ningún caso habría que dejar de lado: si bien la moderación es un avance en el plano de la administración de las ideas y de las iniciativas y proyectos que surgen de ellas, no hay que confundir la moderación con la indiferencia y mucho menos con el desencanto. A cada cosa hay que ponerla en su lugar, cuidándose muy bien de que el proceso político y el sistema de vida vayan avanzando y prosperando de veras. Lo peor que podría pasarnos es que la ciudadanía desengañada o desalentada vaya a caer en la tentación de tomar decisiones políticas aventuradas, sin medir las consecuencias que pudieran ser desastrosas, como se ha visto en otros países. Y aquí hay que subrayar la necesidad imperiosa de que los partidos políticos se ordenen y se disciplinen en sintonía con las aspiraciones ciudadanas.

Ningún fanatismo excluyente, del signo que sea, trae nada bueno, ni para los que lo abanderan ni para la sociedad en su conjunto. Hay que hacer que las ideas funcionen en un plano de moderación constructiva, de tal forma que las soluciones posibles a los problemas que están sobre el tapete de la realidad puedan adquirir viabilidad sustentable. Es preciso continuar pulsando la opinión ciudadana en todos estos campos para asegurar, en la medida necesaria, que la confianza y la estabilidad vayan ganando terreno.

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