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La agroindustria azucarera, contribución y desafíos

Su contribución a la economía nacional es considerable: 2.6% del PIB ($1,218.67 millones), 6% del PIB Agrícola, 8.3% del PIB industrial, 6% de las exportaciones tradicionales y 4.2% de las totales, 2.6% de los impuestos recaudados, 4.2% de la generación eléctrica nacional, 50,000 empleos directos y 180,000 indirectos.
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Esta semana se celebra en San Salvador la 51.ª Reunión del Consejo Internacional del Azúcar presidida por el ministro de Economía y presidente del Consejo Salvadoreño de la Agroindustria Azucarera, Tharsis Salomón Rosales, y por el director ejecutivo de dicho Consejo, José Orive, de madre santaneca. Considerando las consecuencias que tuvo sobre dicho sector la reforma agraria y la guerra del ochenta, y las dificultades para su resurgimiento bajo una nueva estructura de la propiedad de la tierra con nuevos dueños/productores cooperativistas y pequeños y medianos propietarios de las mejores tierras del país, nos sorprende positivamente que hoy seamos sede y presidamos la reunión de esa importante y compleja organización mundial. No obstante, poco conocemos del desarrollo competitivo de la agroindustria azucarera, de su contribución a la economía nacional, de sus principales problemas y desafíos.

La industria azucarera se rige por la “Ley de la Producción, Industrialización y Comercialización de la Agroindustria Azucarera de El Salvador”. La tierra cosechada de caña de azúcar tiene aproximadamente 7 mil productores de caña y cooperativas producto de la reforma agraria y 6 Ingenios. El 54.5% de los ingresos netos de la venta de azúcar y melaza va para los productores y el 45.5% para los ingenios.

La contribución de la agroindustria azucarera a la economía nacional es considerable: 2.6% del PIB ($1,218.67 millones), 6% del PIB Agrícola, 8.3% del PIB industrial, 6% de las exportaciones tradicionales y 4.2% de las totales, 2.6% de los impuestos recaudados, 4.2% de la generación eléctrica nacional, 50,000 empleos directos y 180,000 indirectos. Considerando que en Centroamérica El Salvador tiene ahora el menor índice de competitividad, el menor crecimiento del PIB, las más altas tasas de subempleo, el mayor déficit comercial y fiscal, y el mayor nivel de endeudamiento público, la agroindustria azucarera contribuye a contrarrestar cada uno de dichos índices negativos.

En Centroamérica, Guatemala tiene la mayor área destinada a la siembra de la caña de azúcar con 263,830 hectáreas, seguido por Honduras (80,797 ha), El Salvador (80,725 ha) y Nicaragua (71,330 ha), siendo El Salvador el segundo productor de Centroamérica en caña y en azúcar con los más altos rendimientos industriales, no obstante ser el único país donde buena parte de los dueños de la tierra y productores no son los beneficiadores y dueños de los ingenios, tratando con miles de pequeños productores y restándole integración vertical. No obstante, hoy se siembra el doble de hectáreas del máximo nivel histórico (1975-78), con mayores rendimientos, 233 libras por tonelada de promedio en los últimos 16 años.

En El Salvador el azúcar se vende cruda y blanca, dirigida en gran proporción al abastecimiento de otras industrias como materia prima o insumos para la generación de muchos otros productos, siendo su consumo anual de aproximadamente 6 millones de quintales.

La industria azucarera a nivel mundial es una de las más protegidas en el mundo con políticas de protección y subsidios a la producción y las exportaciones, comercializándose el azúcar en los mercados local, preferencial y mundial, siendo los dos primeros los más protegidos y con un mayor precio.

Los ingenios en Centroamérica tienen una estructura organizativa unificada mediante “Asociaciones Azucareras” que controlan el mercado reduciendo la competencia de precios y manteniendo aranceles diversos. Pero de liberalizarse el mercado interno los ingenios menos competitivos y diversificados no sobrevivirían, acentuándose el carácter oligopólico de la agroindustria. Igual sucedería si se modificara la ley y se adjudicara el pago por el bagazo de caña –que genera energía eléctrica y utilidades– cuando los ingenios hayan amortizado sus cuantiosas inversiones. Aquellos ingenios que no realizaron dichas inversiones diversificando su producción y generación de ingresos y utilidades con la generación y venta de energía, o que las hicieron mucho más tarde, pagarían las consecuencias tanto por disponer de cantidades decrecientes de caña –y consecuentemente de bagazo– como por el aumento de sus costos y la caída de sus utilidades. No obstante, dicha propuesta de los productores deberá ser considerada pero estudiada sólidamente. Los productores deben ser considerados socios de los beneficiadores y no solo proveedores de materia prima.

La diversificación en la generación eléctrica e industrial y la producción de buenos rones es fundamental, así como incrementos sostenidos en eficiencias y productividades. Otros desafíos son la siembra de árboles y cultivos como el café y el cacao para mejorar el régimen de lluvias, inversiones –a largo plazo– para implantar el riego por goteo racionalizando el consumo de agua, y asegurar la debida hidratación y salud de los cortadores de caña evitando –simultáneamente– la tentación de la mecanización de las cortas.

Macroeconómicamente debe asegurarse la sostenibilidad de las finanzas públicas, evitando impagos que suben los tipos de interés de nuevos préstamos y deudas ya contraídas, y retrasan el pago de energía a los ingenios proveedores, amenazando la amortización de sus deudas, la rentabilidad y sostenibilidad agroindustrial y su contribución a la economía nacional. Esta industria depende de una compleja y extensa cadena de valor, de rentabilidad y de confianza.

Desde afuera puede existir la percepción que esta exitosa agroindustria tiene asegurado su crecimiento y sostenibilidad. Pero los hombres de caña han sido mucho más exitosos desarrollando una competitiva agroindustria que informando de su contribución, dificultades y desafíos para su sostenibilidad y futuro.

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