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La aplastante victoria de la oposición en Venezuela es otro signo inequívoco de que la realidad política está dando un buen giro en América Latina

El chavismo, que ha enarbolado la bandera del llamado eufemísticamente Socialismo del Siglo XXI, que no es más que un populismo de la peor especie, enfrenta hoy el inequívoco declive de su hegemonía.
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Los comicios legislativos venezolanos que culminaron el pasado domingo estuvieron rodeados desde el principio de una serie de contradicciones de alta tensión, que hasta el último minuto hicieron dudar de que los resultados fueran debidamente respetados según la voluntad del pueblo expresada en las urnas. El mensaje que venía lanzando el Presidente Nicolás Maduro, que por cierto se caracteriza por la más absoluta inmadurez, era que, independientemente de los resultados, la línea gubernamental se iba a seguir imponiendo a toda costa. Pero llegó el día, y los números tanto de concurrencia al voto como de tendencia ciudadana en la elección pudieron más que toda la retórica acumulada.

El chavismo, que ha enarbolado la bandera del llamado eufemísticamente Socialismo del Siglo XXI, que no es más que un populismo de la peor especie, enfrenta hoy el inequívoco declive de su hegemonía. La crisis económica es avasallante y progresiva, y se ha tragado una gran parte de la riqueza petrolera, que es enorme. Las políticas económicas erradas desde la raíz, la corrupción galopante y el abuso institucional sin precedentes son los detonantes del fracaso estrepitoso, que hoy se refleja en las urnas. Nunca se había producido un golpe de timón popular como este a lo largo de los 17 años de chavismo en el poder; pero el desgaste de un modelo básicamente insostenible ya no era ocultable, por más prédicas revolucionarias o dádivas coyunturales que hubiera, y eso es lo que quedó demostrado a todas luces el pasado domingo.

Lo que estamos viendo, ya en un plano de realidad latinoamericana, es la retracción de los ensayos de política izquierdista diz que revolucionaria en el terreno. No todos esos ensayos tienen el mismo origen ni se asientan en los mismos criterios, pero lo que sí los abarca es la ineficiencia básica de las políticas económicas y la distorsión de los enfoques sociales. Hace muy poco el peronismo, que es una momia de larga data, recibió su merecido en las urnas. En Brasil, la suerte del Partido de los Trabajadores en la conducción nacional está en gravísimos entredichos, con la Presidenta a la cabeza del cuestionamiento. En Ecuador la resistencia popular aumenta frente al Gobierno que se rige por la neurosis de Correa. Y lo contrastante, contra todas las previsiones, es el rumbo que está tomando Cuba.

En realidad, a estas alturas de la experiencia histórica de nuestra América, los giros esperables no se dan de un extremo al otro, porque justamente eso es lo que ya se demostró que no funciona. Siempre habrá derechas y habrá izquierdas, porque se trata de visiones distintas sobre el fenómeno real y sobre las formas de encararlo; pero lo que ya no es viable es el extremismo excluyente, que constituye un resabio maligno de los tiempos en que estaba en boga y a pleno vapor la lucha ideológica sin cuartel. Eso, por más que haya nostálgicos incorregibles, no es hacedero de ninguna manera ni por ninguna vía. De lo que se trata en estos momentos tan llenos de oportunidades de modernización puesta al día y tan propicios para abrir nuevas perspectivas de futuro es de trabajar con sensatez y con realismo por habilitar un mundo mejor y un país más convivible en todo sentido.

El rumbo de lo que venga, aquí y en todo nuestro ámbito regional, dependerá en gran medida de lo que se haga y de cómo se haga de aquí en adelante. Y reiteramos: ni el populismo ni el extremismo tienen salidas. Es hora de entenderlo y aceptarlo sin reservas.

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