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La apuesta espiritual tiene que apuntar a lo máximo, porque es ahí donde se mide nuestra verdadera naturaleza

Hace ya bastantes años, en un viaje académico a Israel, estuve de pronto –digo de pronto porque estoy hablando espiritualmente– frente al Mar de Galilea, al haz de una de las colinas circundantes, y cerca de Cafarnaúm. Tuve de inmediato la sensación viva de que desde aquella colina Jesús, el Cristo, le había enviado al mundo la síntesis de su mensaje rehumanizador y salvador, insuperable en cualquier tiempo y lugar. Es el Sermón de la Montaña, cuyos ecos traspasan los siglos como una brisa diáfana. Y lo mejor es citar textualmente lo que dice San Mateo en su Evangelio, en algunas de sus partes:
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“Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Mas yo os digo que no hagáis frente al malvado; antes bien, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; y al que quiere ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; y si uno te forzare a caminar una milla, anda con él dos. Da a quien te pida, y no vuelvas la espalda a quien te pida prestado.

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos; que hace salir el Sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también eso mismo los gentiles? Sed, pues, vosotros, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial.

Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de rezar de pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu recámara y, cerrando la puerta, ora a tu Padre, que está presente en lo secreto; y tu Padre, que ve en secreto, te recompensará. Y al orar no charléis como los gentiles, pues se imaginan que serán atendidos a fuerza de sus muchas palabras. No os asemejéis, pues, a ellos, que bien sabe vuestro Padre qué os hace falta antes de que se lo digáis”.

Mensaje de profundidad sin límites, que concluye con el Padre Nuestro, la oración instaurada por el mismo Jesús, y en la cual luego de hacerle a Dios las mayores peticiones sólo le ofrecemos algo que casi nunca cumplimos: “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Ya sabemos que esto es de lo más dificultoso que hay, pero tengamos presente en todo momento que el mandato superior –que no admite excusas justificativas de ninguna índole– es encaminarse hacia la perfección. Las verdades que edifican son siempre de arduo cumplimiento, porque nos ponen a prueba frente a nuestra propia naturaleza a la vez rebelde y perfectible; pero es ese reto el que más contribuye a la humanización, tanto personalizada como socializada.

A estas alturas del tiempo, cuando la soberbia y la arrogancia se han aposentado sin reservas ni límites en un mundo cada vez más dominado por lo peor de la naturaleza humana, es más oportuno que nunca tener presentes los mandatos de la Divinidad encarnada, sobre todo éstos que tocan tan sensiblemente las áreas más críticas del comportamiento individual y social. Y lo que ahora más se necesita es asumir de veras la esencia liberadora de tales mandatos para emprender cuanto antes la transformación regeneradora en todos los campos del hacer humano, contaminado hasta la médula de sustancias destructivas e implacables. En estos días todos tendríamos que hacer un examen de conciencia para sacudirnos las negatividades acumuladas y emprender la resiembra de lo bueno.

Jesucristo vino a abrirnos los ojos frente a nuestro propio destino, y por eso nos pone la tarea en su expresión suprema: la perfección desafiante, a la que lejos de tenerle miedo debemos rendirle tributo.
 

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