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La ascensión del Señor

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.
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Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’” (Mateo 28, 16-20).

Celebramos hoy la fiesta de la ascensión del Señor al cielo. “Este es sin duda un misterio de la vida de Cristo poco meditado, dijo el papa Francisco en una de sus homilías. Sin embargo, adquiere especial importancia porque es parte de la resurrección de Cristo. No se entendería la resurrección sin la ascensión. De entre las muchas enseñanzas de la ascensión podríamos considerar estas dos: Cristo fue levantado de la tierra para atraer a todos hacia Él (Jn 12, 32) y para sentarse a la derecha del Padre, como profesamos en el credo”.

“La elevación de Cristo en la cruz significa y anuncia la elevación en la ascensión al cielo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 662). Por ello encontramos en la cruz el inicio de su ascensión. Y todo con este único fin, atraer a todos los hombres hacia Él. Jesús aceptó subir a la cruz para mantenernos unidos a Él, para que ninguno se perdiera.

“Los discípulos se volvieron con gran alegría y bendiciendo a Dios”. Nosotros no podemos contener nuestra sorpresa por esta actitud de los apóstoles. ¿Es que no se dan cuenta de que se había marchado el Maestro? ¿De que ya no lo verían más en esta vida? ¿Que ya nunca más podrían abrazar a su Amigo, mirarlo, disfrutar de su compañía y de su conversación? ¿Cómo se explica, entonces, esa alegría de los apóstoles?

¿Habrían entendido ya, por fin, lo que quiso decirles Cristo con aquello de: “Os conviene que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros”? (Jn 16, 7). ¿Recordaban, quizás, la promesa de Cristo: “No os dejaré huérfanos, volveré” (Jn 14,18); “en la casa de mi Padre hay muchas moradas, voy a prepararos un lugar”? (Jn 14, 2).

Están alegres con Jesús. Su contento estriba en el triunfo de Cristo, en su glorificación, en su majestuoso regreso al Padre. Los apóstoles alcanzaban a comprender que, si Jesús había venido al mundo por ellos (y por todos los hombres), había muerto por ellos, por ellos había resucitado... ¿no subiría también al cielo por ellos? Sí, el triunfo de Cristo era el suyo también. Jesús no les dejaba, solo se les adelantaba, les precedía para prepararles el sitio, para infundirles esperanza, para que, en medio de las persecuciones que tendrían que sufrir, miraran ese cielo donde Él les estaba esperando.

Pero la alegría de los apóstoles no se alimentaba solo de esperanza. Habían comprendido también que, a la luz de ese cielo, se esclarecía y ensanchaba el horizonte. Su existencia cobraba nueva vida y colores insospechados. Se convertía en una oportunidad magnífica de merecer, de completar la pasión de Cristo, de llevar su amor y su felicidad a miles de hombres, como les había mandado Cristo: “Id y haced discípulos míos, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”. Y Jesús se los había prometido: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

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