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La audiencia sorpresiva

La historia sagrada registra, entre muchas, aquella a que fue sometido David antes de llegarse a su reinado: Al vencer a Goliat, enemigo filisteo, el rey Saúl, entonces de Israel, fue conmovido a envidia, ante cánticos que decían: “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles”.
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A partir de entonces David obligose a la huida, ante la persecución homicida de Saúl. En semejante fuga, David, sin saber, ni querer, penetró tierra poblada por enemigos, parientes de Goliat y fue observado y llevado por estos, ante el monarca Achis, rey de Gath; y sus sirvientes le dijeron: “¿No es este David, Rey de la tierra?” Y David mudó su habla, delante de ellos o guardó silencio; y dijo Achis a sus siervos: “He aquí estás viendo a un demente... ¿Faltanme a mí, para que hayáis traído a este que hiciese de loco o demente, ante mí?... (Primera de Samuel, capítulo 21, versículos del 13 al 15, Antiguo Testamento).

Considérese, que en semejante circunstancia, David sorpresivamente es sentado por el enemigo para dar testimonio de su identidad, de su calidad heroica, de su valentía por sus diez mil, y en lugar de comportarse como tal, “mudó su habla”, quizás prefirió guardar silencio, fingirse loco, ignorante, de tal modo, que su juzgador optó por despreciarle y ya no oírle y, así, David escapose...

En ciertas ocasiones actuales, las circunstancias sitúan a las personas en condiciones parecidas a la registrada en el Antiguo Testamento, respecto al rey David. Circunstancias como la de verse sometido sorpresivamente a dar testimonio sin ser testigo, o para testimoniar asuntos perjudiciales al declarante o para aquel otro, que no le ha facultado legalmente para dar testimonio en su contra y así incurrir en deslealtad.

Ante circunstancias así, el intelecto sorprendido asume silencio, no obstante posibilidades de debatir la improcedencia de la chicana jurídica, judicialmente ejecutada, al infringir principios universalmente aceptados, inveteradamente, en el curso viviente de un proceso, de una audiencia oral, de cualquier trámite ordinario o extraordinario, como son, entre otros, los principios de conducencia procesal y de probidad procesal.

Por el primero, el trámite oral o escrito es conducido directamente por los jueces, magistrados o tribunales colegiados, rigiéndose por la ley, ya que el proceso no depende arbitrariamente de nadie, sino solo del texto legal previsto, para el desarrollo de la programación de los actos procesales, de ellos y de los demás sujetos.

Por el segundo, la buena fe impone la claridad y oportunidad, la pertinencia y hasta la economía, evitando sorpresivos hasta de los magistrados y jueces, ni qué decir respecto a la conducta de los demás sujetos participantes.

La sorpresa de impedir el ejercicio de la procuración judicial, lesiva a la profesión de abogado, legalmente investido, y la maniobra de pretender arrancarle testimonios comprometedores es para enmudecer o perder el habla, inteligentemente, no tontamente, como se exhibió a David, por el monarca Juez, en buen sentido parodiando el relato bíblico, los medios divulgaron nuestro silencio, que para algunos fue conmovedor, para otros razón de burlas.

Agradezco muy sentidamente a LA PRENSA GRÁFICA la presente expresión de mi pensamiento, dado así, después de gran debate, meditación personal para externarlo, habida cuenta, la quiebra y fracturación del Estado Constitucional de Derecho, en crónica y metástasis aparentemente, irreversible.

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