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La austeridad se va imponiendo por presión de las circunstancias, pese a todas las resistencias institucionales que vienen saliéndole al paso

Y aunque desde el área gubernamental se ponga el énfasis en incrementar los ingresos a como dé lugar, lo que verdaderamente tendrá que imponerse es un esfuerzo verdaderamente significativo en dos puntos vitales: el crecimiento económico y la austeridad responsable, todo ello en un marco de racionalidad práctica bien administrada.
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Ante el avance de la prolongada y creciente crisis financiera que viene padeciendo el sector público, los llamamientos a la austeridad gubernamental se hacen cada vez más apremiantes, tanto en el ámbito de las opiniones nacionales como desde las diversas sugerencias que vienen de afuera, especialmente de los organismos internacionales especializados. Lo que ya no se discute es el imperativo de aplicarle al quehacer financiero y fiscal una disciplina que no sólo vaya corrigiendo los traumáticos desajustes actuales sino que sea capaz de prevenir de manera concreta más trastornos en esa línea.

Las cosas en toda esta temática tan sensible y tan acuciante han llegado a desbordes que desde luego eran perfectamente evitables si se hubiera actuado en todo momento con orden básico y con el debido control. Y lo que más viene incidiendo para que eso no se dé es la forma en que actúa la política en funciones, ya que los que están en un determinado momento al frente del ejercicio del poder se centran obsesivamente en ganar réditos de imagen a cualquier costo mientras que las instituciones partidarias se enfocan de modo prioritario y excluyente en los resultados electorales venideros. Para entrar, pues, en una dinámica nueva, que ponga la responsabilidad de servirle al bien común en primer plano, habría que comenzar por un reciclaje a fondo de las dinámicas políticas en general.

A estas alturas, la falta de recursos aun para lo más elemental es angustia cotidiana para los administradores de la cosa pública y amenaza constante para la ciudadanía de las más diversas maneras. Ya no queda otra salida que no sea ordenar el manejo financiero, dejando atrás toda forma de irresponsabilidad, de frivolidad y de despilfarro. Hechos dramáticos como la suspensión de la venta de energía eléctrica por parte de Guatemala a nuestro país por falta de pago es una señal más que elocuente de lo complicada que es la situación nacional en estos campos. Y aunque desde el área gubernamental se ponga el énfasis en incrementar los ingresos a como dé lugar, lo que verdaderamente tendrá que imponerse es un esfuerzo verdaderamente significativo en dos puntos vitales: el crecimiento económico y la austeridad responsable, todo ello en un marco de racionalidad práctica bien administrada.

Tendrá que haber inevitablemente una revisión exhaustiva del asistencialismo que aparece bajo la forma de “programas sociales”. Ya está en marcha la reducción de los subsidios, para adecuarlos a las posibilidades reales. Y de aquí en adelante habrá que medir el gasto, porque la pita financiera ya no más de sí. Pasamos de estar “coyol quebrado, coyol comido” a ya no tener coyol para quebrar. Y ahora se dan casos casi inverosímiles como el no saber de dónde se sacarán los fondos para financiar las elecciones próximas, que están a las puertas.

Lo que no se puede es gastar como si estuviéramos en tiempos de bonanza cuando hace mucho que vivimos tiempos de escasez y, en muchos sentidos, de penuria. Hay que activar el realismo moderador en todo sentido, ya que así no sólo se podrán ir encarando con sensatez los problemas actuales sino que se irá evitando el surgimiento de más problemas en el camino. Que esta experiencia, ya tan lacerante y tan perturbadora, nos sirva a todos de enseñanza viva para no incurrir más en los vicios y en los errores que hacen tanto daño.

Tags:

  • austeridad
  • disciplina fiscal
  • crecimiento
  • despilfarro

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