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La buena hierba siempre muere

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Carlos Alfaro Rivas

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El alma entra y sale de los cuerpos, como las olas surgen y se desvanecen en el mar. Algo muy natural, de lo único que, además de los impuestos, podemos estar seguros. A pesar de esta garantía, la muerte de un ser amado es una hecatombe que desmorona nuestras emociones.

En ninguna otra situación, el dolor producido es total: Es un dolor biológico, duele el cuerpo; psicológico, duele la personalidad; social, duele la sociedad y su forma de ser; familiar, nos duele el dolor de otros, y espiritual, duele el alma.

Cuando perdemos a un ser querido, duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida, en su conjunto, duele. Y si esa persona ha sido parte de tu vida, de tu sangre, de tus risas y tus llantos; y si esa persona muere de forma súbita y prematura, el dolor va mucho más allá de lo que uno se puede imaginar.

Súbita y prematura es la muerte de un promedio diario de 11 salvadoreños ("ponete las pilas, Cepillín", ordena la lorita Pepita), entre los que recién incluimos a Mao y Javier, dos de la camada de deportistas de alto rendimiento.

A ella, se le interpuso un cuchillo de un mañoso entre su entreno y la maratón de Edimburgo, plato fuerte para el cual se entrenaba. A él, se le interpuso una rastra chapina entre su fondo de ciclismo sabatino, y la celebración del día del padre.

Sabemos que, para sus familiares y amigos, el dolor va mucho más allá de lo que nos podemos imaginar, pero queda la tranquilidad que Mao y Javier dijeron "los espero en el cielo" practicando su pasión.

Ella, feliz como una lombriz, mejorando sus tiempos, pues el entreno había cuajado. Con ganas de conocer Escocia, y morirse de la risa con su amado, sus cheros y cuñados. Visualizando la ropa y zapatos con que se comería los próximos 42 km 195 metros. Barajando sus retos laborales y familiares. "Tu iPhone o la vida", de las últimas palabras que escuchó.

Él, en pleno disfrute del km 50 de 70 km de entreno; cadencia, pulsaciones, velocidad, ¡todo al máximo! Con ganas sobradas para comerse la cuesta de Los Chorros, impulsado por la camaradería de "La Escuelita" de Bicimania, y por un fin de semana largo en familia. Un macabro pito de rastra fue lo último que escuchó.

Verdaderamente trágico; pero también alivia la certeza de que ambos deportistas vivieron, no solo existieron; persiguieron sus sueños, dejaron huella, y marcaron muchas vidas, como lo evidencian las múltiples anécdotas de su paso terrenal. Descansen en Paz, y cuiden de nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.

¡Así me gusta, camada! Salvo a raros temerosos, que han dejado de correr y rodar ante lo sucedido, la mayoría le rendimos tributo a nuestros caídos, entrenando con más ímpetu, ¡es lo que Mao y Javier ordenan! Y como hoy está de moda ordenar, y obedecer, nos seguimos viendo en la pista.

Mao y Javier, también les ordenan a sus familiares, no seguir derramándoles lágrimas; recuerden que ellos vivirán para siempre en sus corazones. Está bien, es necesario expresar y liberar tantas emociones, pero no dejen que sus pensamientos los sigan torturando. Mejor dense cuenta de lo afortunado que son por haberles tenido en sus vidas; honren su memoria como lo estimen conveniente; vuelvan a sonreír, vuelvan a vivir.

¿Porque será que la buena hierba siempre muere?

Porque un poder Divino decide el día, la hora y el lugar que nuestra alma salga de su cuerpo terrenal, y alce vuelo a la eternidad. Contra ese poder nada podemos hacer, salvo aceptar su voluntad, y vivir plenamente, para que no nos agarre en curva.

Almas van y almas vienen, como las olas del mar. Debemos estar listos.

Tags:

  • alma
  • dolor
  • Edimburgo

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