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La calle

Las crisis desnudan y así vemos nuestra sociedad como es, con toda su desigualdad.

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Florent Zemmouche

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Él tiene cuarenta y cinco años. Ella tiene veintiocho. Él es vendedor ambulante. Ella también. Él vende dulces. Ella vende pan, café, plátanos, panes rellenos de frijoles, jamón, huevo. Él se levanta temprano, tempranito, cuando la ciudad aún duerme, que el silencio y la oscuridad terminan de reinar sobre el tiempo, todo todavía tranquilo, al menos así lo imaginamos, la noche empieza para algunos, termina para otros, un día más, de trabajo, sufrimientos y sacrificios. Ella también se levanta de madrugada.

Le sube gente a los buses por las mañanas y las tardes. Ahí, en los buses, aprovecha para vender sus dulces. Empieza a trabajar a las cuatro de la mañana. De cuatro a diez. Luego, de las cuatro de la tarde a las siete de la noche. Hace lo mismo. Los buseros, agradecidos de su ayuda, le dan unas monedas. Ella va a la orilla de la iglesia Ceiba de Guadalupe. Ahí se pone e instala sus productos: en la cera, al borde de la calle, bajo el sol, entre los pitazos y tubos de escape de los carros. No ha podido vender desde el primero de marzo. Él tampoco. No pueden trabajar. Ha intentado vender sus dulces en los paraderos de buses, pero la policía no lo dejó. Él está solo, abandonado, en agonía. Ella tiene dos hijos pequeños, y un esposo que recibe un salario fijo pero que no permitirá cubrir todos los gastos familiares y necesarios. Solo pueden escoger entre la peste o el cólera. El riesgo del virus o el riesgo del hambre. Ella, con su esposo, intentan ayudarlo, alojándolo, prestándole aunque sea un techo, y sobre todo, una atención. Unas miradas benevolentes en medio del olvido y silencio general.

Él se llama Roberto. Ella se llama Marcela. Los dos necesitan aquellos 300 dólares, y tantas cosas más. Pero el gobierno se ha olvidado de ellos, y de tantos otros. Hay miles de Robertos y Marcelas. Personas como ellos hay muchísimas. Y las crisis como estas, entre otras cosas, muestran la esencia de lo que vemos todos los días sin ver. Las crisis desnudan y así vemos nuestra sociedad como es, con toda su desigualdad. Las crisis desmaquillan, y así vemos la verdadera materia y gestión del gobierno. Lo que se esconde detrás de las apariencias. Y tanto más se cuidan cuanto más pueden esconder algo. Por definición, esconden algo. Como después de una gran tormenta, vemos el verdadero estado del mar: y casi siempre, está feo y sucio. No es muy tarde para actuar, pero hay que quererlo; que la unión nacional y solidaridad prevalezcan. Pero si usted, señor presidente, le pidió a los disputados que se luzcan en estos tiempos, usted también tiene que lucirse, incluso tiene que lucirse primero, ahora más que nunca, para dar el ejemplo. Reúna un equipo, constituya un comité de especialistas. Hay que actuar. Y no se equivoque. Es urgente.

Hay gente en la calle. Gente que tiene hambre. Gente que usted no ve o no quiere ver, señor presidente. No se olvide de ellos; ellos no se olvidarán de esto. Ahora sí hay que actuar y no solo constatar el abismo indecible que separa Twitter de la realidad: dos mundos diferentes, uno en el que se habla y fanfarronea, el otro en el que la gente intenta vivir, sobrevivir y donde la gente termina muriéndose.

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