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La campaña presidencial tendría que ser de compromisos más que de promesas

Lo que ya no tiene sentido en la situación actual es seguir haciendo lo mismo que se hacía en el pasado, y sobre todo querer seguir haciéndolo conforme a los esquemas tradicionales. El devenir democrático tiene sus ritmos y sus facetas, y a ellos tienen que irse adaptando todos aquellos que pretendan mantenerse vigentes en el juego.
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Como viene ocurriendo en los tiempos más recientes cuando la fecha de elección presidencial se acerca, las campañas se hacen más extensas, sin importar los plazos establecidos por la ley para desarrollar ese tipo de actividad proselitista. Y esta es una tendencia que responde a las características actuales del fenómeno político en movimiento, conforme a las demandas de una competencia que está prácticamente presente en todo momento. Dicha dinámica tendría que ser valorada como expresión evolutiva en el buen sentido del término, que va a continuar manifestándose aunque aún no se quiera comprender a cabalidad cuál es el sentido de este tipo de aconteceres concretos.

En los meses que vienen, y ya con definiciones finales sobre la configuración de la próxima legislatura y de la conformación de los gobiernos locales, toda la atención estará puesta en lo que decida la ciudadanía sobre la próxima conducción presidencial. En este ámbito, se está produciendo sin duda una contienda de alta intensidad para definir qué partido y qué candidato lograrán la ventaja en las urnas. Y una vez que eso esté claro, vendrá la verdadera campaña, en la que de seguro se pondrá de manifiesto lo que señalamos en el encabezado de este Editorial: el imperativo de hacer valer los compromisos sobre las promesas.

Eso significa que el estilo y el contenido de la campaña que va a desarrollarse de aquí en adelante tendrán que ser evaluados por los competidores de una manera más inteligente y visionaria de lo que se ha visto en el pasado, aun en el más reciente. Lo que ya no tiene sentido en la situación actual es seguir haciendo lo mismo que se hacía en el pasado, y sobre todo querer seguir haciéndolo conforme a los esquemas tradicionales. El devenir democrático tiene sus ritmos y sus facetas, y a ellos tienen que irse adaptando todos aquellos que pretendan mantenerse vigentes en el juego.

Subrayamos la preeminencia que deben tener los compromisos sobre las promesas porque se trata de que el régimen democrático se mantenga lo más saludable que sea posible, para así garantizar que la evolución nacional pueda continuar desenvolviéndose en forma satisfactoria; y es ahí justamente donde hay un fuerte reclamo ciudadano en pro de una eficiencia funcional comprobable cuando los elegidos llegan a tomar las posiciones correspondientes.

Hay que tener presente que cuando el próximo mandatario asuma su cargo el 1 de junio de 2019 le tocará enfrentar de inmediato una gran cantidad de problemas que no han tenido hasta la fecha tratamientos adecuados y por lo cual están muy lejos de las soluciones pertinentes; y eso requerirá contar, de entrada, con posibilidades ciertas de enfilarse hacia dichas soluciones con proyectos que no sean esquemas generales sino programas bien perfilados y definidos. En esta ocasión, los Planes de Gobierno al viejo estilo retórico e improvisado deben cederle el paso a la planificación en serio.

Lo que pase en el país de ahí en adelante dependerá de la inteligencia y la habilidad con que se encaren todos estos retos.

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