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La canonización de Monseñor Romero

Finalmente, luego de 38 años de su asesinato, Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (Ciudad Barrios 1917 - San Salvador 1980) será canonizado este año por el Vaticano como “Mártir de la fe”. Se trata de un parteaguas histórico a nivel religioso, político, social y cultural, que ubica al obispo mártir en una instancia universal.
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Significativamente será canonizado junto con el papa Paulo VI, el gran reformador de la Iglesia católica. También es de especial mención que haya sido precisamente un “duro”, un “ortodoxo” de la Fe, como el anterior papa Benedictus XVI, quien haya abierto el camino, luego de innumerables obstáculos de sectores de la Iglesia en El Salvador y el mundo, para declarar Santo a Monseñor Romero. Y es que entre Monseñor Romero y Benedictus XVI hay un vínculo de dedicación absoluta a la meditación y al estudio de la escolástica, lo cual es manifiesto en sus actitudes ante la vida y la religión. Se trata de apóstoles de la fe, que llevaron su prédica hasta los últimos extremos. Ello explica que Monseñor Romero haya optado por el sacrificio de su vida, en el espíritu de servicio a la fe católica y el amor al prójimo. Y que el papa Benedictus XVI, en esa ortodoxia irreductible, haya renunciado a su papado, en aras de contribuir a la modernización y la renovación de la Iglesia.

El martirio por la fe que la Iglesia católica observa en el caso de la santificación de Monseñor Romero tiene como trasfondo el trágico final del arzobispo mártir, cuyo desenlace quedó plasmado en el Informe de la Comisión de la Verdad, publicado como “De la locura a la esperanza”, luego de los Acuerdos de Paz de 1992, firmados en el Palacio de Chapultepec, México.

Y es que Monseñor Romero representa a un alto funcionario de la Iglesia que habiendo sido promocionado por las élites del poder y de la política, luego de constatar en carne propia, a través de sus feligreses en el campo y la ciudad, el clima de injusticia y desigualdad, de humillación y abandono en que vivían, toma partido por la causa de los desposeídos y se incorpora a la lucha popular, desde el púlpito de su iglesia, contra los poderes dominantes de esa época.

Se trata de un santo contemporáneo, salido de las mismas entrañas del pueblo, y por ello su lucha por la justicia social y la igualdad tienen una relevante importancia ahora que el Vaticano se apresta a reconocer oficialmente su martirologio.

La obra de Monseñor Romero, su legado y su apostolado, están lejos de ser agotados en este mundo para todos dividido, donde las desigualdades a todos los niveles, no solo entre países sino también entre ciudadanos, son cada día más enormes y causantes directos de más injusticia, menos libertad y mayor opresión.

Monseñor Romero es el símbolo más preciado de la nación salvadoreña. Su raigambre en el imaginario popular son no solo las innumerables instituciones que llevan su nombre sino también sus monumentos; el más significativo de ellos ubicado a la par del Monumento al Divino Salvador del Mundo, patrono de la nación, a la entrada de la capital salvadoreña.

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