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La capacidad de escuchar y atender es componente básico del arte de gobernar

El que gobierna, se dé cuenta o no, está cada día compelido a tomar decisiones que, con frecuencia, deben tener carácter de filigranas dentro del tejido de la realidad política en juego.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Tradicionalmente se ha considerado que el ejercicio del poder en las más altas esferas de las estructuras estatales es una simple cuestión de voluntad por parte de aquéllos que llegan, por las vías que fueren, al ejercicio de tal función. Pero por su propia naturaleza, el poder tiende a considerarse autosuficiente, y eso se ve estimulado en todas partes, con los matices que se quiera, por el coro de voces reverenciales que rodean a los que gobiernan, y que desde luego nunca son espontáneas ni mucho menos inocentes. Ese insumo distorsionador puede ejercer efectos variados, según sea el perfil psicológico del que está al frente de la tarea de gobernar, y por lo mismo tendría que haber mucho cuidado a la hora de seleccionar a los aspirantes a ejercer el poder, sin distingos por el grado de desarrollo de las respectivas sociedades, ya que la egolatría, el fanatismo, las tendencias discriminatorias y los comportamientos obsesivos nunca han reconocido fronteras, y hoy, en este mundo global, eso es aún más patente.

Dentro de la dinámica democrática, la tendencia natural es a abrir cada vez más las vías de acceso a la selección de los que asumirán las tareas de conducción, y eso tiene un sentido participativo apreciable; pero lo que la experiencia va enseñando de manera acumulativa es que la apertura en dicho campo debe ir acompañada de más cuidado a la hora de seleccionar y de elegir, porque lo que verdaderamente se requiere es que, en la medida de lo posible, los que lleguen a gobernar no sólo sean capaces de acumular simpatías populares sino que, sobre todo, tengan las condiciones intelectuales y temperamentales básicas para ejercer su trabajo conductivo en la forma debida. En esa línea va lo que manifestamos en el título de esta columna.

Para empezar, hay que subrayar el hecho de que gobernar es un arte, y por consiguiente la preparación para ejercerlo debe ser suficiente y consistente, tanto en lo técnico como en lo anímico. El que gobierna, se dé cuenta o no, está cada día compelido a tomar decisiones que, con frecuencia, deben tener carácter de filigranas dentro del tejido de la realidad política en juego. Por eso el arte de gobernar demanda insumos constantes desde los distintos ámbitos y niveles del fenómeno real. Al ser así, queda muy claro que lo peor que pueden hacer los que gobiernan es encerrarse en sus pequeños círculos, y mucho menos quedar a merced de la adulación o del acompañamiento interesado, que siempre distorsionan el juicio y trastornan los enfoques. El que gobierna debe ser libre, en el sentido de estar habilitado para evadir tentaciones externas y superar encierros mentales.

Lo que nos está mostrando el panorama político en clave global es que donde hay que poner más empeño correctivo es en la forma en que el poder se mira a sí mismo desde la perspectiva de los que lo ejercen. Habría que hacer valer la noción básica, que se viene desdibujando y artificializando en el curso del tiempo: el poder político es y debe ser esencialmente servicio hacia afuera; es decir, hacia todos los ámbitos de la respectiva sociedad. Y en tal sentido, cualquier forma de corrupción es ahí un atentado perverso contra la esencia misma del funcionamiento normal y respetable de la política en el terreno.

En el caso específico de El Salvador, la evolución democratizadora se ha manifestado de manera creciente y edificante en lo que se refiere a la vigilancia del ejercicio del poder desde el campo ciudadano. Esto ha hecho que las fuerzas políticas, especialmente cuando están en contienda, como ocurre en este preciso momento, pongan más cuidado en sus acciones tanto de selección como de proyección. Sin embargo, sigue pendiente el examen sobre el comportamiento a la hora de llegar a la silla desde la que habrá que ir tomando las decisiones conductoras, y ahí se medirá lo que realmente se ha avanzado en la modernización del desempeño.

Nuestro ejercicio político debe ser regido por la madurez de las actitudes que lo impulsan y por la lucidez de los argumentos que se utilizan para dinamizarlo. Es decir, lo que a estas alturas debería imperar es la racionalidad bien administrada, porque sólo de esa manera se irán habilitando los mecanismos del progreso en todos los órdenes y sentidos.

Escuchar y atender no sólo las opiniones inmediatas sino también los mensajes del entorno en general se vuelven, entonces, requisitos de funcionalidad para cualquiera que pretenda ejercer o ya ejerza responsabilidad conductora. Esto hay que reiterarlo a cada instante para que nadie pueda darse por desentendido al respecto.

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