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La chispa

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Cristian Villalta

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¿El país cambia o sólo se mueve?

Hay que dar por hecho el movimiento de las cosas en El Salvador: relación con China, amancebamiento renovado con Estados Unidos, un fiscal general joven y energético, nuevos partidos políticos, el shock de los partidos viejos... Versus la parálisis que se respiró durante la última administración efemelenista y el prolongado invierno emocional de la nación desde que se enteró que varios de sus ex presidentes fueron unos ladrones, en 2020 todo parece posible.

Al menos eso es lo que circula en las calles, en los cafés, en algunas cúpulas y en los dormitorios. "Las cosas están cambiando."

Es inevitable que lo creamos: después de tanto refill de desesperanza, aún los que no votamos por Gana podríamos caer en el entusiasmo y leer algunos signos como evidencia del cambio. Esa mutación del modo de vida salvadoreño consistiría puntualmente en que el poder resida en la ciudadanía, la delincuencia recule y pierda territorio, en que la economía se recupere merced a la nueva confianza de los empresarios, y en que la corrupción ya no quepa en la administración pública.

Hábilmente, el gobierno persigue la simplificación de cada tema hasta reducirlos a un símbolo. Luego, lo comunica, repite, subraya e intensifica hasta legitimarlo. Así ha hecho con el tema delincuencial, reduciendo toda la discusión sobre seguridad pública, recuperación del espacio y militarización de la función policial al muertómetro. A menos muertos, más seguridad... obviamente, una idea parida por asesores en comunicación, no en criminología.

Es el modo en que ahora funciona la comunicación oficial. Y es exitoso porque estábamos tan hartos de Arena y del Fmln, de que invadieran de un modo tan grosero cada orden de la vida nacional y de su amiguismo, corruptela y porquerías, que la sola idea de su debacle ya era satisfactoria. Es exitoso porque además somos un pueblo que se avergüenza de su pasado, que no lo revisita, que no aprende de él, y por ende la repetición de algunos peligrosos patrones como el populismo, el autoritarismo y la intolerancia no nos sonará siniestra. Y es exitoso porque nuestras mejores cabezas, las que deben arrojar luz, están muy ocupadas describiendo los colores de lo que pasa. Pero en realidad, ¿qué pasa?

Cabe considerar a nuestro siglo XX como el de la batalla de las grandes mayorías en El Salvador, el periodo en el que las consecuencias de la imperfecta hechura de nuestra república y el despojo de la tierra cometido por los gobiernos "liberales" se manifestaron. La reacción popular redundó, tras un sangriento conflicto armado, en unos acuerdos de paz que volvieron posible esta noche en la que les escribo. Pero queda mucho por construir para hacerle justicia y dar su lugar a todos los salvadoreños. Hay poderes ante los que un ciudadano no puede plantarse, ante los que sus derechos son irrelevantes; sólo un Estado que ponga en el centro a la persona y no a los grupos hegemónicos, y un gobierno inspirado por esa aspiración igualitaria pueden remediar eficientemente ese desequilibrio.

Ningún gobierno ha recogido esta causa, el de expiar el pecado original de nuestra historia. Y aunque conseguirlo escape a la limitada administración de cualquiera, alguno tendría que hacer de esta utopía su mantra. Porque si el Estado no promete dar a cada quien lo suyo, ¿cuál es el sentido del contrato social?

Desafortunadamente, no hay pensamiento político del presidente para cotejar si ese cambio que él interpreta es de verdad el cambio; tampoco hay un buen discurso suyo, sólo diatribas juveniles. Pero, esclavos de los signos, cuesta creer que un gobierno que está más interesado en el voto del exterior que en visitar a sus hermanos más pobres en siquiera un centro de detención norteamericano tenga la chispa que incendie al viejo El Salvador.

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