La ciudadanía consciente, que es mayoría en el país, sigue haciendo posible que tengamos futuro pese a todos los quebrantos actuales

Ya en la posguerra, el rol de la ciudadanía se hace cada vez más significativo, y eso puede constatarse de múltiples maneras en el ambiente. Es la visión ciudadana la que sostiene el balance en el esquema partidario, con dos fuerzas –ARENA y el FMLN– en posición preeminente y otras fuerzas menores como importantes factores complementarios.
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Cuando se hace un recorrido sincero por las diversas etapas de nuestro pasado reciente queda en clarísima evidencia que hay en nuestro ambiente, prácticamente desde siempre, un elemento dinamizador que ha logrado sobrellevar todas las adversidades de recorrido sin perder la fuerza motora que le caracteriza. Ese elemento es la capacidad ciudadana de ir comprendiendo los acontecimientos de la realidad en su verdadera dimensión. Esto, que representa una percepción realista de las cosas, no surge, desde luego, de ningún ejercicio intelectual, sino que es producto intuitivo resultante de la propia experiencia histórica, lo cual implica que hay ahí una energía limpia de alto poder.

El factor ciudadano se ha venido activando de manera exponencial desde que entramos en fase de preguerra, allá en el curso de la década de los años 60 del siglo XX. Fue la ciudadanía la que le abrió espacios al fenómeno bélico en el país, y no porque la gente quisiera enfrascarse en la lucha fratricida sino porque la percepción popular entendió a cabalidad que había que entrar en una nueva fase histórica, cuando el poder hegemónico tuvo que permitir que eso ocurriera porque todas sus fórmulas de control se habían vuelto insostenibles.

Ya desatada la guerra, al inicio de los años 80 del siglo anterior, el factor ciudadano determinó que el conflicto no pasara a los desenlaces violentos durante los 12 años en que las armas estuvieron activas bélicamente en el terreno. La ciudadanía, sin tener que proclamarlo así, actuó como sujeto desactivador de la lucha armada, al irse apartando progresivamente del choque de fuerzas. Si cualquiera de las dos fuerzas en contienda hubiera tenido el apoyo mayoritario de la población, esa fuerza se habría alzado con la victoria militar; pero por ventura no sucedió así, y al final todos tuvieron que venirse al entendimiento pacífico, que era lo que al principio menos se hubiera esperado, porque las armas cuando se activan en combate lo hacen para lograr imponerse hasta las últimas consecuencias.

Ya en la posguerra, el rol de la ciudadanía se hace cada vez más significativo, y eso puede constatarse de múltiples maneras en el ambiente. Es la visión ciudadana la que sostiene el balance en el esquema partidario, con dos fuerzas –ARENA y el FMLN– en posición preeminente y otras fuerzas menores como importantes factores complementarios. Y si algo resulta vital para que el sistema político preserve su salud básica es que queden fuera de posibilidad los desequilibrios y los desajustes estructurales dentro del mismo, que son los que se dan en aquellos países donde el esquema partidario es fluctuante e imprevisible.

Estamos llegando al punto deseable en que la voluntad ciudadana, expresada con creciente capacidad de hacerse sentir, es un factor que ya no es posible dejar de lado. Antes, los políticos en juego no trataban de ganar voluntades fundadas sino simpatías coyunturales, y eso lo hacían como una táctica momentánea que se agotaba al llegar la hora del voto. Después, si te vi no me acuerdo. En las condiciones actuales, la tarea presenta complejidades sin precedentes, porque la ciudadanía no sólo es crecientemente reacia a la manipulación superficial sino que tiene una conciencia más clara y decidida sobre lo que reclama y lo que exige.

Así las cosas, la evolución democrática va acumulando insumos que en otros momentos hubieran sido impensables como factores de realidad. Buena parte de tales insumos los aporta el ciudadano que participa, ya no como autómata sino como gestor de progreso. Esto hay que valorarlo e incentivarlo en todos los sentidos posibles para ir acumulando beneficios en la ruta de la superación nacional.

Como ciudadanos que somos, tenemos todos que asumir la certeza inesquivable de que en tal condición no son dables los distingos de ninguna índole. Ahí está la base sólida de una democracia bien vivida, en la que se habilita de veras la convivencia pacífica y de la cual derivan los frutos benéficos de una apuesta compartida de futuro. Así, los salvadoreños hemos venido forjando, con nuestras actitudes y nuestros compromisos ciudadanos, la mejor proyección de futuro.
 

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