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La ciudadanía es la protagonista principal del drama democrático

Aunque en el país nunca se ha dado un ejercicio sistemático de promoción de la conciencia ciudadana, la ciudadanía ha estado ahí, casi siempre en la sombra, pero haciendo sentir de alguna manera su presencia, sobre todo en momentos decisivos del destino nacional.
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En la primera mitad del pasado siglo, de seguro el momento estelar de dicha presencia fue la Huelga de Brazos Caídos de 1944, que sacó a Hernández Martínez del poder, luego de 13 años de control férreamente autoritario, haciendo presión irresistible en forma pacífica; en la segunda mitad de dicho siglo, el punto más relevante se dio en el seno de la guerra interna, cuando la ciudadanía fue tomando distancia del conflicto bélico, evitando así que cualquiera de las dos fuerzas en pugna pudiera alzarse con una victoria militar.

La solución política de la guerra fue, pues, en gran medida, un producto ciudadano. Esto aún no ha sido reconocido en la magnitud que tiene, ya que en el ambiente casi no se practica la función analítica de nuestra propia realidad. Sin embargo, el hecho de que dicha solución se diera ya en un escenario democratizador abierto un poco más de diez años antes de que la guerra llegara a su final, puso más en evidencia que el rol de la ciudadanía estaba pasando a una fase de protagonismo no sólo eventual sino constante. Ya no únicamente en las circunstancias extremas, sino en el día a día normal. Dicho tránsito representa el signo más relevante de que nuestra sociedad, tan limitada y coartada en tantas formas tradicionales, va tomando la participación que le corresponde, haciéndose sentir como lo que es.

Todo esto, desde luego, es un proceso que necesita aplicación y paciencia, dos factores que siempre han sido muy huidizos en el ambiente. El autoritarismo actúa históricamente como los padres sobreprotectores: con la excusa artificiosa de que hay que mantener al ciudadano bajo control para que se eduque bien y viva seguro, se le coarta la libertad básica de ejercer el papel propio que le corresponde.

Al final resulta que los liderazgos absorbentes, igual que los padres dominantes, lo que tratan de salvaguardar es su imperio, es decir, el poder de determinar la vida a su gusto y a su interés. En nuestro país, la ciudadanía ha vivido enclaustrada en esa dependencia convertida en modelo de relación, y los efectos de ello distorsionaron el proceso nacional, prácticamente desde los orígenes de la República.

Al emprenderse la vivencia democrática, hace ya más de treinta años, los salvadoreños hicimos un giro metodológico fundamental en el ámbito de la política, que estaba llamado a transformar progresivamente todas nuestras formas de vida. El primer efecto se dio, como era previsible, en la práctica electoral. Veníamos del tiempo del fraude institucionalizado, al servicio del poder prevaleciente, e íbamos asomándonos con no pocas telarañas a los espacios abiertos de la libertad de decidir y de participar. La ciudadanía lo entendió con bastante más rapidez y precisión que los liderazgos nacionales, y tal desfase ha incidido de manera persistente en el desenvolvimiento del proceso modernizador que, pese a todos los contrasentidos, incomprensiones y obstáculos, se continúa desplegando en nuestro calendario de realidades.

Paso a paso, pero sin detenerse, la ciudadanía se abre camino entre nuestras marañas históricas, cada vez más condenadas a la marginalidad sin futuro. El ciudadano observa, analiza, cuestiona con creciente espontaneidad. Y aunque ha tenido, hasta la fecha, la sabiduría de no convertir su impaciencia comprensible en mazo demoledor de las formaciones partidarias, está cada día más consciente de que los partidos son sólo una de las formas posibles del instrumental democrático disponible.

Hay, por ello, una expansiva participación ciudadana en los medios digitales y audiovisuales. El ciudadano ya no sólo es oyente en los mítines tradicionales, sino partícipe en los foros de opinión. Estos giros auguran una democratización creativa que potenciará más y más el pensamiento multifacético y el análisis multidimensional.

Para el caso, la campaña electoral que ahora mismo se halla en el terreno pone ya de relieve cuán distantes se encuentran las propuestas partidarias –de candidaturas y de mensajes— de lo que desde la ciudadanía se está requiriendo. La campaña no puede ser ni un salón de los espejos ni un guardarropa de obras pasadas. Hay que innovar para que todas las ofertas políticas empalmen con el sentir y con el pensar ciudadanos.

El que no lo entienda así tendrá que vérselas con su propia miopía. Estamos en una fase decisiva de nuestro desarrollo como comunidad nacional y como institucionalidad al servicio de la misma. Se han quedado atrás los tiempos en que al ciudadano sólo le quedaba “ver, oír y callar”. Hoy observa, escucha y hace conocer lo que necesita y lo que desea. Pasamos del soliloquio a la función coral. Y es tránsito rápido.

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  • Maximiliano Hernandez Martinez
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