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La ciudadanía quiere que la política deje de ir a la retaguardia

Los procesos históricos tienen su propia lógica, según sean las características de cada época y de cada sociedad.
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Es cierto que hay tendencias universales que a todos nos afectan, pero cada quien vive su experiencia nacional según las respectivas condiciones. La globalización ha venido a cambiar muchas realidades del mapamundi, tanto en lo geopolítico como en lo directamente humano; y eso es especialmente trascendental para países como el nuestro, que han vivido acurrucados en su marginación y que ahora tienen la oportunidad sin precedentes de ocupar un puesto visible en el escenario globalizado. Entonces, el reto se nos magnifica: salir del refugio de los marginales para alternar en la zona de los partícipes. Un reto a la vez incómodo y gratificante, angustioso e inspirador. Depende de cómo lo asumamos.

En El Salvador, la política ha tenido, a lo largo del tiempo, una suerte traumatizante. Prácticamente desde el inicio de nuestra vida independiente, la vivencia política se ha desempeñado bajo el signo de la distorsión. El caudillismo del siglo XIX actuó como una camisa de fuerza de efecto dilatado. Luego, a comienzos del siglo XX, el arreglo de cúpulas de poder se instaló como mecanismo inapelable de conducción. El alzamiento campesino de 1932 sacudió todas las estructuras nacionales, y de ahí surgió una distorsión aún mayor.

Entre 1932 y 1979, el sistema trató de funcionar con las ansiedades convertidas en airados mecanismos de defensa. Vino la última fase de la preguerra. En ella nació con apremio la democratización. Y ahí mismo detonó la guerra. A semejanza de una serie televisiva de acción y de pasión.

Como los salvadoreños no tenemos experiencia acumulada en el manejo de las causas y los efectos, nos hemos acostumbrado a vivir “a salto de mata”, a pesar de que la cadena causal es perfectamente identificable. Por ejemplo, están ahí, a la vista, las causas que nos llevaron a la guerra; y son también claramente identificables las causas que nos trajeron a la paz. Nada, absolutamente nada es casual. Y la política tendría que ser la primera obligada a saberlo y a practicarlo.

Pero la forma en que se ha vivido la política en nuestro ambiente determinó que ésta fuera víctima constante de distorsiones deformadoras. Una de esas distorsiones se refiere a la ubicación del quehacer político dentro del proceso. El ir a la retaguardia, cuando su rol es de vanguardia. Es decir, el poner los motores históricos al revés.

En verdad, se tiene política y se hace política para habilitar un instrumento al servicio de la evolución del Estado y de la sociedad. El que la política pretenda servirse a sí misma y el que los políticos sigan esa misma tendencia es un factor inevitablemente regresivo. Siendo como ha sido nuestro caso, no es extrañar que lo político venga estando cada vez más a la retaguardia del proceso, haciendo que sea la ciudadanía la que tenga que ejercer el papel de vanguardia de sí misma.

Esto, que desde luego ya existía desde antes de que la democratización tomara impulso pleno a raíz de la solución política de la guerra, ha seguido manifestándose en la posguerra, con la diferencia de que en esta nueva época la distorsión sea hace más visible y, por consiguiente, es más cuestionada y repudiada.

El hecho de que la política se halle en la retaguardia de la realidad hace que la práctica política tienda a irse encerrando cada vez más en una cierta forma de autismo deprimente. Esto es, desde luego, un serio peligro tanto para el proceso democrático como para la salud del régimen de libertades que debe seguir expandiéndose y consolidándose en el ambiente.

La cuestión inmediata, pues, podría resumirse así: ¿Qué hay que hacer para lograr que la política asuma el rol de vanguardia que le es propio y característico en cualquier sociedad debidamente configurada y ordenada? En primer término, que los partidos se modernicen a fondo, conforme a los tiempos; luego, que asuman la creatividad política como regla de vida; y además, que reconozcan la evolución como imperativo inexcusable en todos los órdenes.

Tanto el país como las realidades que en él van desenvolviéndose constantemente necesitan alinearse según el ritmo de las épocas sucesivas. No es cosa de reacomodos formales o de replanteamientos retóricos: se trata de vitalizar energías en secuela permanente, para que el aire no se paralice y las aguas no se estanquen.

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