Lo más visto

La ciudadanía vive entre la precariedad y el temor, lo cual afecta profundamente al país en todos los órdenes

A la precariedad se suma el temor, que se ha instalado en el centro del vivir nacional y ahí gana cada vez más poder depredador. Y en este punto la realidad es tan evidente y lacerante que ni siquiera necesita ser expuesta. Aquí lo que se requiere, en primer lugar, es que la ley se imponga en la medida y con la fuerza que le son características por naturaleza.
Enlace copiado
Enlace copiado
Si algo caracteriza al diario vivir de los salvadoreños desde hace ya bastante tiempo es el estar siempre a merced de lo imprevisible, con la inseguridad como factor que se impone en forma avasallante. Y cuando hablamos de inseguridad no sólo nos referimos a la que genera el fenómeno criminal en sus diversas expresiones, sino a todas aquellas otras que derivan de no saber qué vendrá para el país tanto en lo político como en lo económico. A pesar de que la democracia se ha mantenido actuante a lo largo de todo este período posterior al fin del conflicto armado, y a que existen signos de evolución positiva como por ejemplo la creciente lucha legal contra la corrupción y el despliegue expansivo de la incidencia ciudadana en el desenvolvimiento del proceso nacional, los salvadoreños seguimos viviendo con el alma en un hilo, lo cual no sólo afecta la sana convivencia sino que estimula fenómenos como la emigración y el estancamiento del progreso real.

En las comunidades es donde más se siente la precariedad a la que hacemos referencia. Para el caso, en un ámbito tan determinante como es el de la educación, a diario surgen testimonios sobre las deplorables condiciones que imperan por doquier. Hay muchísimas escuelas que sufren carencias básicas de la más variada índole, en detrimento de una verdadera formación que impulse la productividad conforme a los cánones del presente. En salud también hay insuficiencias elementales, que golpean a la población en lo más vivo y sensible. El desarrollo local carece de una hoja de ruta, y esto se complica aún más por fallas injustificables como es el trastorno en el aporte del FODES. En términos generales, el desarrollo humano va a la deriva, porque tampoco hay planes integradores que le den sustento y garantías.

A la precariedad se suma el temor, que se ha instalado en el centro del vivir nacional y ahí gana cada vez más poder depredador. Y en este punto la realidad es tan evidente y lacerante que ni siquiera necesita ser expuesta. Aquí lo que se requiere, en primer lugar, es que la ley se imponga en la medida y con la fuerza que le son características por naturaleza. Hay que hacer valer el Estado de Derecho de manera incuestionable porque la ley ni se dosifica ni se negocia de ninguna manera. Y si bien es cierto que hay proyectos y acciones en marcha para controlar la actividad criminal en el terreno, lo que más se necesita es hacer que tales iniciativas sean verdaderamente convincentes en los hechos y den pruebas de que su continuidad tendrá una línea firme e inequívoca hacia adelante.

Para superar las diversas precariedades que nos agobian y para establecer la normalidad saludable en el vivir cotidiano hay que partir de una coherencia nítida en el manejo de todos los asuntos nacionales. Lo que más atenta contra ese propósito fundamental es la falta de entendimientos políticos al más alto nivel, que posibiliten la estructuración y puesta en marcha de un plan de país que trascienda las diferencias y se enfoque en lo más importante que es el bien común. En tanto continuemos sin prioridades asumidas como tarea común y sin metas identificables por encima de todas las dificultades de recorrido, el país continuará amarrado a sus propias deficiencias, como si éstas no pudieran tener mecanismos de superación.

Ojalá que la misma gravedad de lo que nos golpea y amenaza en el día a día pueda al fin abrirle vías de acceso al imperio de la razón, que es por donde siempre hay que empezar.

Lee también

Comentarios