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La clave para entrar en una auténtica normalización está en impulsar tratamientos integrados y mover voluntades en conjunto

Es una distorsión absurda el querer contraponer la seguridad sanitaria con la seguridad económica. Lo que hay que hacer es tratar ambas en forma integrada.

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En las coyunturas de crisis nacional, como es en grado sumo la que estamos padeciendo desde que inició hace algunas semanas en el país, lo que indica la razón elemental es que se sumen todos los esfuerzos posibles para irle encontrando salidas efectivas y sustentables a los graves problemas que están en juego. Paradójicamente, lo que hemos venido teniendo, sobre todo en el desfigurado ambiente político que impera, es lo contrario: un forcejeo sin ninguna explicación y mucho menos justificación en la realidad, que viene de lejos y que tiene hoy en su trasfondo inmediato la proximidad de una decisión electoral que configurará la nueva correlación legislativa así como el reparto de las identidades municipales para los próximos tres años.

En otras palabras, los salvadoreños nos encontramos cada vez más atrapados en la disfuncionalidad de las relaciones políticas, lo cual produce efectos de gran impacto en la estabilidad social y en las dinámicas económicas. Basta traer a cuento las discordias cada vez mayores entre fuerzas políticas y los choques desatados desde la cúpula gubernamental contra el liderazgo empresarial para tener perfecta claridad en relación con los enredos perniciosos y artificiales en los que estamos envueltos, cuando la racionalidad más elemental indica que potenciar una situación de comprensiones mutuas es lo que se requiere imperiosamente para ir saliendo del aflictivo atolladero generalizado.

¿Qué tendría que hacerse, entonces? Son cosas complejas pero muy fácilmente identificables. Para empezar, armar un equipo en el que estén representadas todas las fuerzas políticas, económicas y sociales de alto relieve para que se pongan de veras a trabajar al instante en un plan que abarque con pleno realismo los dos grandes desafíos que están en la punta de la problemática más urgente: el control de los contagios para que la crisis sanitaria no siga extendiéndose y más bien vaya sostenidamente a la baja, y la atención progresiva de las necesidades de apertura de la economía productiva para que el gravísimo deterioro que se está dando desde ahí no continúe socavando la vida nacional en todos sus espacios y niveles.

Como se ha venido repitiendo con insistencia cada vez mayor, es una distorsión absurda el querer contraponer la seguridad sanitaria con la seguridad económica. Lo que hay que hacer es tratar ambas en forma integrada, de tal manera que el mal manejo estratégico no se convierta en una pandemia peor que la que ha desatado el coronavirus. El objetivo tiene que ser claro: irle cerrando accesos al virus e irle abriendo espacios a la recuperación económica, todo ello dentro de un plan que potencie la disciplina ciudadana para contener los contagios y que le devuelva progresivamente al sistema productivo todas sus capacidades para evitar tantos o aún más daños que la epidemia en sí. La solución no está en ir saltando de cuarentena en cuarentena, sino en darles el debido y oportuno tratamiento disciplinario a todos los aspectos que constituyen la problemática en concreto.

El ordenamiento de la conducta social debe sostenerse, y lo ideal sería que se convirtiera en una práctica establecida, aunque vaya cambiando con el avance de la nueva normalidad. De lo que se trata, en efecto, es de que la disciplina impere de la mano de la conciencia ciudadana. Y para eso hay que evitar que las necesidades básicas, y muy en especial entre la población más necesitada, se vuelvan fuente de frustración sin control, que puede originar muchas formas de violencia.

Este momento demanda de todos nosotros una comprensión a fondo de lo que está pasando y de lo que vendrá en seguida. Pongámonos serios todos, sin falsas conflictividades ni despistes recurrentes.

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