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La coherencia y la eficiencia siempre van de la mano, y garantizar que eso se produzca en nuestro ambiente es una de las tareas básicas pendientes

Con lo dicho se llega a la inmediata conclusión de que tanto para que haya coherencia sustentada como para que la eficiencia tome cuerpo en las tareas de gestión es requisito básico un principio de armonía práctica entre fuerzas y sectores, del cual pueda derivar la dinámica de los consensos.
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Aunque todas las condiciones objetivas vienen estando dadas para que el desempeño político se normalice completamente en el país, dentro de los principios y lineamientos de la democracia, lo que se sigue percibiendo es que no se tiene una línea básica de acción en lo que al desarrollo nacional se refiere ni existen estrategias claras sobre lo que hay que hacer para que haya confianza sobre lo que viene. Al ser así las cosas, lo que se produce inevitablemente es cada vez más descontento con la gestión pública y una creciente desconfianza en cuanto a lo que pueda irse produciendo de ahora en adelante. En ese clima de malestar y de recelo, las posibilidades de avance real se minimizan progresivamente.

¿Qué coherencia puede darse en los planteamientos fundamentales de país cuando lo que se tiene es una confrontación aguda y sin vías de acceso entre las principales fuerzas nacionales, especialmente las fuerzas políticas? Al hablar de coherencia nos referimos con enfoque prioritario a lo que hay que hacer en pro de darle tratamiento efectivo a la problemática que tiene más relieve para determinar la suerte del país y de su gente. Esto no puede ser tarea exclusiva de un gobierno o de un partido, porque las naturales alternancias democráticas hacen que los relevos en el ejercicio de la conducción nacional sean periódicos: la coherencia tiene que ser de alcance histórico, para que se realice el traspaso de la antorcha sin que ésta tenga que apagarse y encenderse en cada ocasión.

Sólo una coherencia bien cimentada y debidamente consensuada es capaz de abrirle espacios a la eficiencia que requiere el buen manejo de cualquier situación, y ya no se diga de una situación nacional como la que está presente en El Salvador en esta etapa de nuestro desenvolvimiento democratizador y modernizador. Al estar atrapados en la dispersión y en la improvisación que viene por consecuencia, lo que se percibe a cada paso son los resultados ineficientes que tanto limitan a la institucionalidad y tanto desaliento producen en las percepciones ciudadanas.

Con lo dicho se llega a la inmediata conclusión de que tanto para que haya coherencia sustentada como para que la eficiencia tome cuerpo en las tareas de gestión es requisito básico un principio de armonía práctica entre fuerzas y sectores, del cual pueda derivar la dinámica de los consensos. Esto ya no se puede seguir viendo como una tarea opcional, que sea aleatorio producto de la buena fe: en verdad se trata de un mandato inexcusable del fenómeno real, que va poniendo las piezas en orden, de modo pacífico si las voluntades políticas y sociales contribuyen con lo suyo, o de manera traumática si no hay voluntades acompañantes.

Es vital, entonces, que se vaya desplegando en el ambiente la conciencia clara de que todo esto es labor compartida, por encima de las diferencias y los contrastes que puedan existir. El resultado de las miopías y los errores acumulados no puede ser más evidente, y todos lo estamos padeciendo. Hoy, como en la solución de la guerra interna, sólo queda el entendimiento sin vencedores ni vencidos, que es propio de la democracia, donde cuando alguien gana y alguien pierde lo que hay no son botines ni despojos, sino reajuste de responsabilidades.

No hay que resistirse a los mandatos de la realidad, porque lo que queda siempre de tal resistencia son los despojos de lo inútil. Hay que trabajar con ella en alianza virtuosa.

Tags:

  • eficiencia
  • coherencia
  • democracia
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