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La competencia electoral debe servir para consolidar el esquema democrático del país

Ahora, todas las instituciones vinculadas con la dinámica del proceso están bajo la lupa, comenzando como es lógico por el Tribunal Supremo Electoral, cuyo desempeño viene siendo puesto en cuestión por las inconsistencias y debilidades que ha mostrado en eventos anteriores y en el presente.
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Estamos a unos pocos días de que se defina en las urnas la composición de los concejos municipales y de la próxima legislatura. Los partidos políticos y los candidatos propuestos se hallan en el terreno, haciendo todo lo posible por conquistar simpatías ciudadanas y por allegarse votos el día de la elección. Este es un proceso intenso por naturaleza, y hay que reconocer que, hasta la fecha, no hay signos de violencia pese al acaloramiento de las respectivas campañas. Esto lo destacamos porque representa una muy significativa señal de que los salvadoreños, pese a todas las dificultades y conflictividades que se presentan en el día a día, vamos entrando cada vez más en una práctica competitiva que se enmarca dentro de la normalidad democrática.

La vigilancia ciudadana se encuentra cada vez más alerta frente a los sucesos que se van dando dentro de la dinámica política, y los actores en juego son, como es natural, los principales objetivos de dicha vigilancia. Datos como el que corresponde al gasto en propaganda electoral, que sólo en un mes ha alcanzado el millón y medio de dólares, evidencian que la transparencia va ganando terreno, en abierto contraste con lo que ocurría hasta hace poco. Los ocultamientos y los disimulos son cada vez más dificultosos, y en esto el rol de la ciudadanía es crucial, como se percibe a las claras en los hechos cotidianos, y más dentro de una campaña como la que está moviéndose y seguirá haciéndolo al empalmar con la elección presidencial que viene de inmediato.

En otros tiempos, las campañas electorales eran juegos de superficie, en los que los actores políticos tenían prácticamente todo el control; y durante una larga época ni siquiera se trataba de juegos reales, porque los que controlaban el poder lo tenían todo previsto para definir de antemano los resultados a su favor. Hoy, la competencia se va volviendo cada vez más real, y eso es lo que hay que potenciar y garantizar como factor definitorio de la democracia en acción. Hemos avanzado mucho, sin duda; y aunque hay aún mucho por hacer en pro de la limpieza y del sano desempeño, lo que más confianza genera es la actitud ciudadana, que va asumiendo progresivamente su función fiscalizadora y conductora.

Ahora, todas las instituciones vinculadas con la dinámica del proceso están bajo la lupa, comenzando como es lógico por el Tribunal Supremo Electoral, cuyo desempeño viene siendo puesto en cuestión por las inconsistencias y debilidades que ha mostrado en eventos anteriores y en el presente. Pero no sólo es el TSE el que debe ser enfocado directamente al respecto, sino todas las instituciones que de una u otra manera tienen que ver con el sano funcionamiento del proceso político, especialmente vinculado en este caso con la función electoral, que es vital para que el sistema sea lo que debe ser conforme al Estado de Derecho y al bien común.

De cada competencia en el terreno van quedando lecciones que es preciso recoger y administrar efectivamente. Esperamos que los comicios de 2018 y de 2019 constituyan un verdadero avance en la democratización nacional; y para ello todos tenemos que poner lo que nos corresponde.

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