La competencia electoral debería ser escuela de aperturas mentales

Es claro que nuestro sistema de partidos, y éstos en particular, necesitan renovarse a fondo, en lo político y en lo moral. El caso de ARENA, por ejemplo, es altamente sintomático.
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Desde que la democratización hizo presencia real en nuestro ambiente, al quedar claro que ninguna opción autoritaria tenía ya posibilidad de gerenciar el sistema político, como venía ocurriendo por tantos decenios antes de 1979, se abrió una nueva etapa histórica en el país. El 15 de octubre de aquel año hubo un golpe de Estado que cerró un ciclo de muchos decenios, sin que ninguno de los actores tradicionales que por tanto tiempo señorearon en el escenario nacional se percatara de la verdadera dimensión de tal acontecimiento. Dicha cortedad de miras ha sido la regla en el país desde siempre, y por eso estamos como estamos.

Vino la democracia como única opción disponible en aquellos entonces, y casi al mismo tiempo que ella llegó la guerra en el terreno. Tal sintonía tiene sentido simbólico, sobre todo porque desde ahí se abrió un espacio de oportunidades hacia el futuro. Al final, la guerra sirvió para que su solución funcionara como plataforma de consolidación de la democracia. El proceso que se vive desde entonces no da señales de riesgo regresivo, y esto habría que tenerlo en cuenta en lo que vale y en lo que estimula; sin embargo, la misma permanencia del avance genera exigencias de modernización que nadie puede ni debe desconocer. Y, en primera línea, se trata de modernización efectiva y vanguardista del sistema político y de sus actores.

Tuvimos ya un ejercicio de permanencia prolongada en la conducción nacional con los 20 años de ARENA. Pasamos, en 2009, a la alternancia saludable, y ahora hay un Gobierno que se ha autodefinido sin partido, aunque de alguna manera tiene a la par al FMLN, que fue el partido que lo llevó al poder. Y estamos de cara a la decisión de 2014. Tanto los partidos como sus liderazgos y candidaturas tienen bastantes lecciones a la mano, del inmediato pasado y del presente en acción. Todas esas lecciones en conjunto deben servir para que la campaña sea también aleccionadora y conduzca, vía la voluntad ciudadana, a una sabia decisión en las urnas. Y tal sabiduría ya no puede limitarse a la decisión en sí, sino que tiene que extenderse a los mensajes que la ciudadanía debe ir enviando a todos los aspirantes desde ya.

Toda esta nueva puesta en escena de la contienda electoral nos lleva a señalar que la campaña se vuelve cada vez más una escuela para los aspirantes y las fuerzas que les apoyan, en contraste con lo que se venía considerando en el pasado: que eran los partidos, sus liderazgos y sus candidatos los que le señalaban a la población la ruta a seguir. En las circunstancias presentes, y dado el tipo de competición en la que estamos inmersos, el reto para los competidores se vuelve mucho más demandante de visión creativa y de concreción efectiva. Todos tendrán que abrir las mentes, y, a la hora de articular las ofertas, pensar más en el destinatario que en el contrincante.

Es claro que nuestro sistema de partidos, y éstos en particular, necesitan renovarse a fondo, en lo político y en lo moral. El caso de ARENA, por ejemplo, es altamente sintomático. Acaba de sufrir una nueva deserción legislativa, y, aunque hay toda una atmósfera sospechosa al respecto, porque se viene hablando mucho de “compra de voluntades”, también hay que considerar que la solidez interna se pone en tela de juicio cuando se dan situaciones como ésta, que ya es reiterada. Los liderazgos y las estrategias tienen que ponerse al día, para responder a las exigencias de la realidad y a las demandas del momento histórico.

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