La conflictividad es una plaga nacional que les pone barreras a todos los esfuerzos de progreso real en el país

Todos los temas, aun los más coyunturales, se tiñen de inmediato de dicha conflictividad; y, en tales condiciones, no es de extrañar que el panorama se nos muestre a los salvadoreños cada vez más enredado, confuso y plagado de riesgos.
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Basta hacer un somero recorrido por la problemática actual en nuestro ambiente para constatar que no hay cuestión que no esté cargada de contradicciones y de fricciones que derivan, en gran medida, de la incapacidad que muestran ya sistemáticamente los distintos actores nacionales para ponerse de acuerdo en lo básico. Todos los temas, aun los más coyunturales, se tiñen de inmediato de dicha conflictividad; y, en tales condiciones, no es de extrañar que el panorama se nos muestre a los salvadoreños cada vez más enredado, confuso y plagado de riesgos.

Citar ejemplos al respecto haría una lista interminable; pero algunas cosas se hallan tan a la vista que su sola mención acarrea crudas evidencias. Tenemos, por ejemplo, el caso del sistema de pensiones, que sin duda está en crisis porque no se le ha dado, por parte del Estado, el tratamiento idóneo. Para empezar, el Estado viene abusando de los fondos de pensiones, de los que toma recursos sin pagar lo justo y necesario. Hoy, ya con el agua al cuello, el Estado busca reformar dicho sistema, y de seguro no con el propósito de favorecer a los cotizantes sino con la intención de favorecerse a sí mismo. Todo esto desata una conflictividad que puede llegar a ser muy grave para la estabilidad general del país.

También hay conflictos en el tema del tratamiento legal de los mecanismos para asegurar la probidad pública, en lo tocante a la regulación de los delitos informáticos, en lo referente al endeudamiento público, en el manejo de los servicios de salud, en la cuestión sensible de los crímenes ocurridos en el curso del conflicto armado, en las distintas demandas por transparencia respecto de las conductas gubernamentales, y así podríamos seguir enumerando. Desde luego, todos esos puntos tienen sensibilidades propias y complejidades también propias; pero eso se complica mucho más y en alto grado cuando no hay voluntad compartida por todos los involucrados, del tipo que sean, en el tratamiento propio de cada problema. Lo que vemos, por el contrario, es un cúmulo permanente de resistencias a tratar las situaciones concretas con la racionalidad y la objetividad debidas.

Las condiciones de la realidad tanto nacional como internacional son de por sí muy desafiantes, y como no tenemos una agenda consensuada para encarar los retos de país, independientemente de su naturaleza y dimensión, lo que resulta es un atascamiento creciente, que deriva a todas luces en una ineficiencia muy peligrosa. Esto es lo que siente y percibe la ciudadanía en su diario vivir, y por eso el malestar ciudadano es también creciente, con los efectos desanimadores y desestructuradores que eso trae consigo.

Hoy que se está hablando de emprender diálogos intersectoriales para buscar armonía elemental en el ambiente sería más que oportuno comenzar por la búsqueda seria de mecanismos para desahogar la conflictividad imperante. Antes de entrar al tratamiento de los problemas en sí hay que acordar métodos y dinámicas de interacción, porque si no es así no se pasa de las palabras vanas, como ha sido hasta la fecha.

Los problemas, de la clase que sean, tienen una base objetiva, y hacia ella hay que ir, activando el realismo y la responsabilidad. Habría que dejar las subjetividades neuróticas de lado, para no continuar en este desgaste que puede llegar a ser irreparable.

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  • cotizantes
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