La consistencia del proceso nacional depende de que no hagamos cuentas alegres ni nos atasquemos en lo negativo

El proceso nacional estará aquí siempre, porque es la vida en movimiento. Cada colectividad tiene su propio proceso, y lo que pase con el proceso determina lo que le toque a la colectividad.
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La consistencia del proceso nacional depende de que no hagamos cuentas alegres ni nos atasquemos en lo negativo

La consistencia del proceso nacional depende de que no hagamos cuentas alegres ni nos atasquemos en lo negativo

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Si de algo hemos carecido los salvadoreños a lo largo de nuestro trayecto en el tiempo es de análisis revelador de las condiciones en que nos toca movernos, y por consecuencia nunca ha habido previsiones que vayan ordenando la dinámica nacional. Eso establece una especie de fatalidad artificiosa, pues deriva de nuestra propia inhabilidad para conducir las energías del proceso. Tanto la democracia como la guerra se presentaron bajo ese signo, y sin embargo el proceso tenía a su favor elementos de racionalidad histórica que habría que dilucidar a fondo para entender lo que pasó y lo que no pasó.

En cuanto a la guerra, hay tres preguntas claves de entrada: ¿Por qué hubo guerra? ¿Por qué no pudo haber solución militar de la guerra? ¿Por qué la población salvadoreña, en su inmensa mayoría, se mantuvo ajena a la confrontación bélica? En tanto no se haga una investigación de raíz y exhaustiva, las respuestas tendrán que ser provisionales. Hubo guerra porque a lo largo del tiempo se fueron poniendo en el ambiente todas las piezas de la misma, hasta que el rompecabezas estuvo completo. No pudo haber solución militar porque las fuerzas beligerantes se fueron quedando solas en el escenario, pese a que contaban con toda la coreografía bélica que les proveían sus respectivos apoyantes. Y la población no se sumó porque no quería que la guerra pasara de ser un dramático incidente de recorrido.

Hoy nos movemos en la etapa de posguerra. Alguien podría preguntar: ¿Y por qué le seguimos llamando posguerra a lo que es la continuidad del proceso? Porque hay que ser coherente con la naturaleza real de los tiempos. La preguerra duró decenios, sin que casi nadie advirtiera que se trataba de los largos pasillos hacia el campo de batalla. También la guerra duró bastante más de lo que se creyó al principio. Y esta posguerra nos está demostrando que todo lo que funciona requiere coherencia, pertinencia y paciencia. Coherencia para articular estrategias de acción; pertinencia para que dichas estrategias se refieran a lo que la problemática demanda; y paciencia para que el proceso se realice con la debida ilación. Desafortunadamente esos tres requisitos han estado básicamente ausentes, y tal ausencia nos pesa más cada día.

La política es experta en hacer cuentas alegres respecto de su propio desempeño, y eso genera muchas resistencias y desencantos en el ambiente, lo cual alimenta la negatividad que en cualquier circunstancia es un peso muerto. Los antídotos son: responsabilidad y ecuanimidad. Cuando arribamos a esa conclusión nos enfrentamos a lo que es la tarea más urgente que nos depara la misma realidad de los hechos. Lo que está ocurriendo en el día a día del país ya no admite evadir lo que nos toca hacer —¡a todos, ¡absolutamente a todos!— para que la responsabilidad y la ecuanimidad imperen.

Las fantasías perversas de la política y el pesimismo circulante en distintos ámbitos de la sociedad nos mantienen atados a una inoperancia que va cerrando opciones de futuro. Hay que recuperar país, y en tanto más pronto lo reconozcamos y lo asumamos mejores posibilidades habrá de encontrar salidas a los múltiples laberintos en que andamos extraviados desde hace tanto tiempo. De nada sirve, y, por el contrario, en mucho afecta el estar dedicados al obsesivo juego de las descalificaciones mutuas, principalmente entre fuerzas partidarias. En el ejercicio democrático normal, todos los que tengan suficiente potencia para ello serán alternativamente Gobierno y oposición; y esa debería ser la mejor escuela de moderación activa y proactiva.

El país tiene en su mano múltiples oportunidades de renovación y de mejoramiento. Lo que se necesita es hacer lo debido en el tiempo debido y con las herramientas pertinentes.

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