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La conversión

Dios ayuda a caminar juntos para explicarnos las cosas, tomándonos de la mano. De tal forma que el Señor es capaz de cambiarnos y de hacer este milagro.

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En una de sus homilías el papa Francisco invitó a la conversión, es decir, a alejarse del mal y tomar el camino del bien: 

“No es fácil hacer el bien: debemos aprenderlo, siempre. Y el Señor nos enseña. ¡Aprended! Como niños. En el camino de la vida, de la vida cristiana se aprende todos los días. Se debe aprender todos los días a hacer algo, a ser mejores cada día”.

Alejarse del mal y aprender a hacer el bien: esta es la regla de la conversión. Porque convertirse no es ir a un mago quien con una varita mágica nos convierta. Es un camino de alejarse del mal y aprender.

xNo es suficiente querer ser bueno, hay que aprender a serlo, a fuerza de examinarnos y descubrir qué es lo que hay que quitar y qué es lo que hay que añadir a nuestra manera de ser y al comportamiento habitual.

Lo necesario para alcanzar este camino, nos dice el Señor: “buscad la justicia, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended la causa de la viuda”. Son indicaciones de Dios, muy concretas.

Se aprende a hacer el bien con cosas concretas, no con palabras, con hechos. Por eso Jesús en el Evangelio reprueba a esta clase de dirigentes del pueblo de Israel, porque “dicen y no hacen”, no conocen lo concreto. Y si no hay concreción, no puede haber conversión.

Así, si sabemos que con facilidad perdemos la serenidad y las buenas maneras, debemos pedir al Señor que nos ayude a estar siempre serenos y veamos en los demás a hijos de Dios, que si necesitan corregir algo, les ayudemos con nuestro buen ejemplo, con nuestro consejo y con la oración por ellos.

También puede suceder que observemos en alguien que comete habitualmente algún error; en vez de murmurar contra él, quizá podríamos ayudarle haciéndole una corrección fraterna, advirtiéndole del error y que puede poner los medios para corregirlo. Este es un buen acto de caridad con nuestros hermanos, que podemos ejercitar, puesto que el Señor lo recomienda en el Evangelio y que el mismo Señor nos recompensará por ello en la vida eterna.

Dios ayuda a caminar juntos para explicarnos las cosas, tomándonos de la mano. De tal forma que el Señor es capaz de cambiarnos y de hacer este milagro.

Pero espera de nosotros más docilidad para dejarnos llevar como los niños que no saben aún hacer nada por sí solos y se dejan llevar de la mano por su mamá o su papá, sin resistirse enojados, ni poniendo pretextos para no dejarse ayudar.

Alejémonos del mal, aprendamos a hacer el bien –pero es que tengo muchos pecados–. No te preocupes: “si tus pecados fuesen como escarlata, se harán blancos como la nieve”, nos ha dicho el Señor. Y este es el camino de la conversión.

Es verdad: nos sabemos pecadores, pero si somos humildes y nos reconocemos como somos y acudimos al Sacramento de la Confesión, arrepentidos, dolidos, con dolor de amor y con el propósito de no volver a cometerlos, el Señor nos perdonará por la acusación humilde y sincera.

Pidámosle a Nuestra Madre que nos enseñe a ser obedientes y dóciles a las indicaciones hechas por quien dirige nuestra alma.

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