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La corrupción es tema del momento y la lucha contra ella debe convertirse en tema de siempre

Aquí no es cuestión de dar golpes de efecto momentáneo, sino de construir estrategias que tengan como finalidad garantizar que las instituciones y quienes están en ellas y al frente de ellas se desenvuelvan dentro de las normas legales y morales pertinentes.

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La sentencia condenatoria que acaba de dictar el Juzgado Segundo de Sentencia de San Salvador contra el ex-Presidente Elías Antonio Saca por los diversos actos de corrupción que se le probaron durante su gestión gubernamental constituye sin duda un precedente histórico de gran significación para la vida política del país. Saca y algunos de sus más estrechos colaboradores acordaron con la Fiscalía un juicio abreviado a partir de las confesiones expresas de culpabilidad, y por eso las condenas penales son menores, aunque se mantuvo la responsabilidad civil multimillonaria. Este fallo no sólo hace justicia sino que constituye un factor disuasivo para los que lleguen al Gobierno, y es además un golpe directo contra la impunidad que venía haciendo de las suyas en forma cada vez más descarada. Hay que reconocer, pues, esta sentencia como gran aporte a la salud del proceso nacional.

En El Salvador durante muchísimo tiempo la corrupción, y específicamente la que se daba en diversas estructuras y niveles del área gubernamental, estuvo cubierta por un velo impenetrable, que hacía ver como que los manejos ilegales y fraudulentos no existían. Esto empezó a cambiar hace poco, por efecto del impulso que lleva nuestro ejercicio democratizador, en el que las aspiraciones y las exigencias ciudadanas van ganando un rol decisivo y poniéndose más y más en evidencia; y, a estas alturas, esa corriente tiene todos los signos de ser imparable.

Los casos de corrupción que se destapan inducen no sólo a exigir un proyecto nacional de limpieza en los diversos ámbitos de la función pública sino también más altos niveles de efectividad en lo que corresponde a la lucha contra la corrupción instalada. Y la situación motiva a presentar planteamientos y a sugerir medidas de la más variada índole sobre lo que habría que hacer para que esa lucha vaya expandiéndose y profundizándose.

Pero no hay que dejar de ver y de considerar que una lucha como la que corresponde en este caso necesita que se le mida constantemente por sus resultados reales, y con tal fin debe ser sistemática y organizada, no simple producto de situaciones sueltas. Aquí no es cuestión de dar golpes de efecto momentáneo, sino de construir estrategias que tengan como finalidad garantizar que las instituciones y quienes están en ellas y al frente de ellas se desenvuelvan dentro de las normas legales y morales pertinentes.

Por otra parte, esta lucha tiene que ser proyectada y extendida en el tiempo, no para ver qué pasa más adelante, sino para construir certeza de que esa lucha irá dando frutos consistentes en su desenvolvimiento progresivo. El objetivo presenta un doble reto: idoneidad y sustentabilidad. No es para que nadie se luzca sino para que todos nos beneficiemos.

Lo que la experiencia democrática enseña en todo tiempo y lugar es que ningún esfuerzo rectificador y renovador fructifica al antojo de nadie. Se requiere disciplina asumida con toda convicción y compromiso para que los buenos propósitos prosperen de veras, y este por supuesto es uno de los propósitos que tienen mayor incidencia en la salud del sistema nacional.

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