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La criminalidad no se detiene y sólo será frenable si hay estrategia combativa que comprenda todos sus componentes

Y si bien es cierto que en semanas recientes se ha visto más acción represiva por parte de los encargados del orden, lo cual es positivo y alentador, la mortandad no cesa. No es de extrañar que muchos se sigan preguntando: ¿Quién manda aquí realmente?
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Las cifras de homicidios diarios en el país, resultantes del accionar de los grupos delincuenciales, en especial las pandillas, son verdaderamente dramáticas, y tienen a nuestro país en la tenebrosa condición de ser uno de los más violentos del mundo. Las estadísticas son cambiantes, según las circunstancias del momento, como fue la beatificación de Monseñor Romero, y lo que ocurre lo determinan, en gran medida, las mismas fuerzas criminales, que buscan saldar sus cuentas como grupos en competencia, aterrorizar a la población y mantener en jaque a las autoridades correspondientes. Dicho estado de cosas ha llegado a límites inconcebibles. Y si bien es cierto que en semanas recientes se ha visto más acción represiva por parte de los encargados del orden, lo cual es positivo y alentador, la mortandad no cesa. No es de extrañar que muchos se sigan preguntando: ¿Quién manda aquí realmente?

Aunque los homicidios son el conteo más común por referirse directamente a la vida humana y ser hechos de muy difícil ocultamiento, lo cierto es que la gama delictiva tiene muchos otros elementos depredadores. Tomemos el caso de las extorsiones, esa plaga invasiva que atenta contra la ciudadanía honrada y trabajadora y provoca gravísimos efectos en la economía nacional y en las economías de gente de distintos estratos socioeconómicos, sobre todo los más bajos. Fue muy revelador que allá, en la famosa “tregua” de 2012, se hablara de que los mareros dejarían de matarse entre sí pero nadie ni siquiera insinuó que al menos disminuiría el flagelo extorsionador.

Y es que si algo requerirá una política bien estructurada y eficaz es la lucha contra la extorsión, porque se trata de que muchísimos delincuentes, sean organizados o no, se han acostumbrado en vivir alegremente del trabajo ajeno, y esa perversión adictiva es resistente al máximo a la corrección. Se habla de crear oportunidades para que, principalmente los jóvenes, puedan encontrar trabajo digno y suficiente; y eso es determinante, por supuesto, para normalizar el ambiente. Sin embargo, a los que ya están en el “negocio” extorsionador y a los que se hallan al borde de entrar en él, no se les va a convencer simplemente ofreciendo trabajo. Se tendrá que hacer una lucha firme y certera contra todas las estructuras de la extorsión, para ir eliminándolas en forma sistemática y de raíz.

No nos hagamos bolas, como se dice en lenguaje coloquial: en este momento, y ya con tardanza acumulada por no haberlo hecho en los tiempos oportunos, lo que se impone es iniciar el trabajo de consenso para darle vida al Acuerdo Nacional por la Seguridad, que no deje ningún tema ni componente por fuera. Todos los actores nacionales tienen que participar en el empeño, que no puede ser para realizar declaraciones o abrir mesas infinitas: debe ser un trabajo concentrado y abierto al mismo tiempo. Y además con tiempos definidos, tanto de estructuración como de ejecución y de verificación. Si las autoridades están en actitud positiva frente a este reto, la iniciativa debe arrancar de inmediato.

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  • homicidios
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