La criminalidad sigue golpeando sin tregua y es hora de salirle al paso con la ley en la mano

Estamos, pues, ante una emergencia permanente, ya en plan de sociedad secuestrada por el crimen, lo cual hace sentir que la ley y la autoridad son rehenes del mismo en sus diversas manifestaciones.
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El auge delincuencial continúa golpeando a la sociedad salvadoreña en distintas formas, y ya es general la convicción de que hay que hacer de inmediato lo necesario para detener dicho auge y empezar a normalizar la vida cotidiana en nuestro ambiente, que por hoy se halla traumatizada al máximo. Según datos hechos públicos por Medicina Legal, el año 2014 cerró con 1,429 homicidios más que 2013, y en los primeros días de 2015 se ha disparado aún más el número de muertes violentas, entre ellas las de miembros de la corporación policial y de la Fuerza Armada. La misma autoridad reconoce que los grupos pandilleriles han puesto en práctica formas de ataque directo contra las autoridades, en un reto frontal que es la expresión más reciente de esto que se está convirtiendo en una verdadera guerra cada vez más abierta por el control territorial y por el sometimiento de la ciudadanía honrada.

Pero no sólo los homicidios son un flagelo creciente; también lo son las extorsiones, que se van extendiendo cada vez más, con los efectos depredadores que eso tiene sobre la vida personal y familiar y también sobre el esquema productivo. Estamos, pues, ante una emergencia permanente, ya en plan de sociedad secuestrada por el crimen, lo cual hace sentir que la ley y la autoridad son rehenes del mismo en sus diversas manifestaciones. Vivimos hoy en el mundo al revés, y en tanto eso no se corrija no podrá haber seguridad y, por consiguiente, tampoco estabilidad ni desarrollo.

No estamos a favor del alarmismo, pero tampoco podemos endosar el acomodo. Y esto que está pasando entre nosotros no es fenómeno exclusivo de nuestra realidad. El mundo entero está cruzado constantemente por ondas de violencia de distinta índole: violencia delincuencial, violencia política, violencia social, violencia fanática. El caso aterrador del atentado contra el semanario francés “Charlie Hebdo” grafica con destellos escalofriantes lo que hoy puede ocurrir en cualquier momento y latitud. Y en ese acto criminal también queda patente el riesgo en que vive la libertad de expresión en nuestros días frente a las fobias de toda índole que la acosan. El mundo se conmueve al instante frente a hechos como el señalado, pero de la conmoción hay que pasar a la acción, y ahí es donde faltan las estrategias verdaderamente funcionales.

En lo que a El Salvador se refiere, ya hay superabundancia de diagnósticos y de análisis de escritorio. Lo que urge es entrar en el campo de las medidas concretas y funcionales. Ojalá que en esa línea vayan las recomendaciones que surjan de la consulta que hará el equipo del señor Rudolph Giuliani, que se iniciará en los próximos días. Pero en la base de cualquier estrategia que se ponga en práctica tiene que estar la voluntad clara y firme de enfrentar la realidad sin temor a pagar costos de imagen política o de incomprensión de algunos sectores. Estamos ante un mal sumamente grave, que con poco más podría volverse terminal.

La lucha contra todas las formas de criminalidad, sea organizada o común, sólo admite un límite: el que establece el imperio de la ley. Y para que esa lucha se vuelva real y sostenible tiene que contar con el apoyo de todos los sectores y fuerzas nacionales, sin distingo alguno. Los únicos que tienen que estar fuera son los criminales. Ponemos énfasis en el concepto de unidad, porque sin ella no hay posibilidades ciertas de que se llegue a buen fin.

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