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La crisis de las finanzas públicas debe ser tratada efectivamente y de inmediato a fin de evitar males mayores para el país

El incumplimiento periódico de las obligaciones financieras del Estado, específicamente en lo que se refiere a proveedores y a derechohabientes, genera reiterados malestares en el ambiente.
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Las finanzas públicas están con el agua al cuello, y esto no es ninguna novedad, pero la situación se agrava en la medida que no se toman las decisiones correctivas y precautorias que indica la razón elemental. Ahora mismo el aparato estatal enfrenta al respecto una problemática realmente crítica, que ya no puede esperar más: hay que activar de inmediato las providencias y las medidas que son indispensables para no pasar al despeñadero. Desde luego, como siempre ocurre, es posible encontrar salidas convenientes si se buscan en la debida forma y magnitud, acordes con la naturaleza de los problemas en juego. Desafortunadamente todo esto se ha dejado estar tratando de tapar hoyos con criterios de ocasión, y ello ha conducido no sólo a complicar más las cosas sino también a hacer más aleatorias las soluciones posibles. En todo caso, ahora ya no queda más remedio que actuar a fondo, y eso es lo que hay que hacer sin ninguna excusa valedera.

Los constantes sofocos de la iliquidez en la caja pública se hacen sentir a diario. Los apremios de la deuda de corto plazo mantienen a la institucionalidad en ascuas constantes. El incumplimiento periódico de las obligaciones financieras del Estado, específicamente en lo que se refiere a proveedores y a derechohabientes, genera reiterados malestares en el ambiente. Y en verdad lo que todo eso pone de manifiesto es un manejo fiscal que está fuera de realidad, con las consecuencias adversas que son de prever. Pero todo descontrol tiene sus propios límites, y en las circunstancias actuales ya no hay cómo seguir evadiendo el bulto.

En estos días la situación se agrava porque hay que honrar deuda de corto plazo en cuestión de semanas. Ahí vemos lo que pasa cuando no se dan a tiempo los tratamientos adecuados. Se está hablando ya, por parte de los entendidos, de buscar cuanto antes un nuevo “stand by” con el Fondo Monetario Internacional, lo cual requeriría iniciar gestiones al instante, porque hay que desactivar resistencias derivadas del incumplimiento de las metas fiscales. Por otra parte, habría que entrarle ahora mismo al tema de las prácticas de austeridad en el gasto público, no como promesas de futuro sino como acciones de presente. Y, como proyección de política económica, se tendría que emprender, también a partir de este mismo minuto, de un replanteamiento integral tanto de los mecanismos financieros como de los estímulos reales para reactivar el crecimiento económico en la medida suficiente para no sólo vivir flotando sino pasar al rebrote del desarrollo.

Necesitamos, sin duda, un acuerdo integral en el tema de la fiscalidad en su dimensión más amplia. Este tiene que ser, en su base, un acuerdo político, y los primeros llamados a comprometerse con ese propósito son los partidos mayoritarios, sin dejar de lado por supuesto a las otras fuerzas políticas. La presión de los hechos debería mover voluntades hacia el logro de un entendimiento razonable en relación con toda esta problemática.

Sería realmente instructivo para el país, para su maduración evolutiva y para su proceso democrático, que se lograra llegar a acuerdos sustanciales y sostenibles en estas materas tan delicadas y decisivas. Para eso se necesita poner en juego mentes abiertas y criterios desapasionados por parte de todos los involucrados en el esfuerzo, porque sólo así se podrá alcanzar la estructuración de un sistema que responda de veras a los intereses de la nación y de toda su gente.

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