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La cuestión seguridad debe ser puesta en primera línea en todas las visiones sobre la dinámica nacional

Lo que se tendría que hacer cuanto antes es sacar toda esta complejísima temática del área de las disputas partidarias y de las neurosis personalistas para entrar de lleno en el tratamiento eficaz de lo que tanto está afectando al país, con la inseguridad en la fila delantera.
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La inseguridad se ha vuelto crónicamente invasora en los más diversos ámbitos de la vida nacional, y eso, por debajo de los efectos depredadores que se dan en el vivir y en el convivir de los ciudadanos y de las comunidades, va produciendo la sensación de que tenemos que coexistir con tal estado de cosas como si no hubiera formas viables de superarlo. No es casual, entonces, que el ánimo social esté sobrecargado de ansiedades y de incertidumbres, que desde luego no es posible hacer desaparecer con declaraciones y con discursos, ya que mover voluntades hacia lo positivo cuando los entornos se hallan tan conflictuados requiere crear condiciones de credibilidad que puedan ser identificadas en los hechos.

La gran pregunta del momento, que está en el trasfondo de todos los otros factores problemáticos en juego, es: ¿Por dónde comenzar una auténtica lucha contra las formas de inseguridad que nos cierran el paso a cada instante? Y la respuesta válida ante tal interrogación tiene que ir impulsada por el análisis profundo y concreto de nuestras realidades, a fin de no continuar divagando con ocurrencias sin asidero ni persistir en la superficialidad que quisiera salir del paso sin mayor esfuerzo.

Hay situaciones que se han vuelto especialmente críticas dentro de la maraña de inseguridades y de atentados que dominan el día a día, y una de ellas es la que deriva del desborde de las extorsiones, que incide de manera tan lacerante en el desenvolvimiento de la economía individual y social, en todos los niveles de las mismas, pero más aún en el campo de las medianas, de las pequeñas y de las microempresas, sean formales o informales. En ese sentido, hace muy poco el Presidente de la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador dio a conocer que cada semana al menos dos negocios o empresas anuncian que van a cerrar o expresan que están en riesgo de hacerlo por el embate implacable de la extorsión.

Como hemos señalado cuantas veces se presenta la ocasión, el crimen organizado es una plaga que se multiplica sin cesar, y una de sus líneas más intensas y depredadoras es la de práctica extorsionadora, que contamina cada vez más los ambientes nacionales porque tiene como eje el aprovechamiento criminal del trabajo honrado de la gente. Los planes institucionales de lucha contra esta peste invasiva hasta hora han servido de poco para controlarla y revertirla; y es que en ningún caso se ha partido de la realidad en todos sus componentes, como sería lo apropiado para extender una lucha que no deje desagües o habilite portillos para que la criminalidad siga haciendo de las suyas en el terreno.

En efecto, lo sustancial y sustentable sería que la cuestión seguridad fuera asumida como lo que es: un desafío de nación que determina en gran medida nuestro presente y nuestro futuro. Lo que se tendría que hacer cuanto antes es sacar toda esta complejísima temática del área de las disputas partidarias y de las neurosis personalistas para entrar de lleno en el tratamiento eficaz de lo que tanto está afectando al país.

Sin seguridad fundada y convincente no hay normalidad posible. Los salvadoreños lo vivimos las 24 horas del día. Salir de ese círculo nefasto es objetivo crucial.

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