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La cultura ambiental debe convertirse en factor esencial de nuestra vida en sociedad

En el país nunca ha existido una conciencia arraigada de lo que es y de lo que significa la Naturaleza en la que estamos inmersos y en la que nos movemos cada día de la vida. Los salvadoreños siempre nos hemos comportado con muy poco apego real y con creciente indiferencia descuidada frente a nuestro entorno natural, y de ahí provienen muchos de los trastornos que se van haciendo cada día más patentes con el curso del tiempo.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Antes, nuestro arraigo social era principalmente rural, y eso hacía que, pese a todo, estuviéramos más cerca de la Naturaleza en sus múltiples expresiones; pero la urbanización galopante, que es un fenómeno propio del desarrollo tal como éste se concibe en la contemporaneidad, hace que los seres humanos estemos cada vez más expuestos a un anonimato que nos va distanciando de todo, porque los apremios cotidianos no dejan espacio para casi nada más.

Desde un punto de vista que podría considerarse estético, los salvadoreños vivimos rodeados de un despliegue prácticamente mágico de los cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. La tierra nos ofrece un mosaico vivo de volcanes, de cerros, de colinas y de pequeños valles, con una vegetación que nunca deja de estar presente, en las variantes que determinan tanto la época lluviosa como la época seca del año. Aunque el llamado “cambio climático”, que en muchos sentidos merece el nombre de “despiste climático”, esté haciendo de las suyas abanderado en la imprevisibilidad, el hecho de contar sólo con dos estaciones nos mantiene en un equilibrio amable con el entorno natural; y eso apenas lo valoramos porque lo hemos tenido siempre.

El aire de nuestra atmósfera nunca se desborda en estragos huracanados, como pasa con tanta frecuencia en otras latitudes; es siempre amigable, con los matices estacionales. Y el agua tampoco es fuente espontánea de quebrantos, ya que éstos provienen de la desidia con la que se maneja un elemento tan vital. Recibimos anualmente una muy buena cantidad de agua del cielo, pero no se hace nada significativo para aprovecharla. Y la distribución del agua potable y usable sigue siendo un tema por resolver. En cuanto al fuego, las luces celestes están aquí en el día a día; y las energías de los volcanes, potencialmente peligrosas, también nos acompañan desde siempre, como para que no olvidemos que el subsuelo también tiene vida.

La situación ambiental se ha venido complicando en forma progresiva. Nos hemos vuelto contaminadores y depredadores compulsivos. Y no basta con tomar medidas aisladas: lo que en verdad se necesita es establecer y promover una cultura ambiental que nos vincule a todos de la manera más entrañable posible con nuestra realidad geográfica y humana en el terreno, para así poder sentirnos plenamente pertenecientes a nuestro origen natural y a todas las expresiones vitales que eso trae consigo. Hay que tener presente que la Naturaleza no sólo es un escenario, sino sobre todo un destino que forma parte de nuestro ser como individuos personalizados y como sociedad identificada. Por ende, los vínculos que ahí se crean son indisolubles, y nos determinan desde antes del nacimiento.

El hacer literario debe formar parte de ese ejercicio de cultura ambiental que tanto necesitamos. Por medio del arte se genera sensibilidad compartible, y eso lo podemos graficar en el legado de un poeta como Alfredo Espino, cuyo aliento vinculatorio con lo propio tendría que servir de ejemplo para los nuevos creadores que se van sucediendo en el devenir cultural. Allá en 1994, en el Primer Convivio-Taller Literario sobre Medio Ambiente, realizado el sábado 26 de noviembre de aquel año, dije una frase que hoy quiero recoger: “Los salvadoreños llevamos el paisaje en las pupilas del alma, y por eso cada día, al abrir los ojos, nos posesionamos de nuestra propia iluminación interna y externa”. No podemos dejar que esa luz se siga volviendo opaca y escurridiza. Lo que está en juego es la pertenencia en su dimensión más entrañable y la supervivencia en su expresión más elocuente. Que el Sol de cada día nos lo recuerde siempre.

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