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La cultura contra el terrorismo

Tras los atentados perpetrados en Europa, el primer ministro italiano anunció su política escogida para la circunstancia: «por cada euro invertido en la seguridad, otro euro será destinado a la cultura».
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Desde entonces, logró conciliar el paso de la palabra a la acción en una perfecta armonía. Por ende, este proyecto merece toda nuestra atención. Para inspirarse de él.

La propuesta programática no quedó moribunda en un estado de promesa engañadora y consoladora. Al contrario, se ha desarrollado de tal forma que será próximamente concretizada del todo. El próximo mes verá efectivamente todos los jóvenes italianos recientemente mayores de edad dotados de un «bono de la cultura» estimado a un valor de quinientos euros. De esta manera, el gobierno italiano ha decidido luchar contra el adoctrinamiento llevado a cabo por ISIS mediante la promoción de la cultura. Cabe entonces destacar el justo, a mi modo de ver, planteamiento que reúne a la vez los problemas de seguridad y los problemas de educación que el terrorismo enfoca vía su funesta luz. La enseñanza de la medida italiana es clara: la respuesta a la constante amenaza asesina no puede implicar únicamente una lucha armada. Finalmente, es posible metamorfosear los estragos de la violencia en una fuerza positiva cuya meta es subsanar las lagunas que precisamente alumbraron esa misma violencia.

Necesitamos entender y hacer lo mismo. Las graves problemáticas de nuestra sociedad también oscilan entre la seguridad y la educación. Por ende, todos nuestros esfuerzos, todas nuestras acciones deben remar hacia su solución. Según esta perspectiva, la voluntad y la propuesta de restablecer la pena de muerte por parte de uno de nuestros diputados solo acaricia el error, la trampa que contiene la situación actual. Es simplemente una falsa solución, débil, y tan obsoleta como criminal. Una proposición como esta se encuentra en las antípodas del caso italiano. Se abate el diálogo en vez de oponer a la barbarie la justa racionalidad pacifista que engendra la cultura dentro de la educación. El que se abandona a la gestualidad y por extensión extrema, a la violencia, confiesa al mismo tiempo la debilidad de sus palabras, de sus ideas y de su pensamiento. De esta manera, volver a instaurar la pena de muerte implicaría franquear el umbral del círculo vicioso e infernal cuyo engranaje es la competencia de quién matará más. Cabe agregar que el terreno de juego sería el de un Estado de derecho, el nuestro, cuyo primer y fundamental deber es la conservación de la vida humana. Me parece entonces esto absurdo cuando sabemos que a ese mismo Estado ya le resulta tristemente complicado proteger a su población del asesinato. Claramente, la solución no existe a través de este «populismo puro y mediocre» como lo observa el embajador de Alemania, Heinrich Haupt.

Las ideas y las palabras sí pueden cambiar el mundo. Son la preciosa cuna de todo cambio. La pena de muerte lograría cambiar únicamente la cara del criminal. Por estas razones, prefiramos la cultura priorizando y financiando la educación nacional gracias a un presupuesto digno de la necesidad en cuestión, de la emergencia de la situación. Quiero creer en la grandeza de nuestra democracia que puede y debe arrancar sus anclas para navegar con certeza hacia el progreso y la paz. Esta dinámica floreciente de esperanza tiene que empezar afirmando que ningún hombre puede decidir del irrevocable fin de otro hombre. Y además, que al Estado le toca mostrar el ejemplo, el buen camino, es decir, el que va hacia la cultura, hacia la educación. No el que conduce al patíbulo.

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